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La historia de los tlaxcaltecas contada por ellos mismos, recordada por Federico Navarrete, desafía la leyenda de una población prehispánica sometida a sangre y fuego por los conquistadores españoles. (“La memoria tlaxcalteca de la conquista” http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2619/2616).

La historia de los tlaxcaltecas restituye el hecho central de la conquista, en particular de la caída deTenochtitlan, a saber: que la derrota de los mexicas fue el resultado de la alianza de los españoles con los señoríos indígenas tributarios, hartos de la dominación de los mexicas.

Todo el que haya leído las crónicas de Cortés o Bernal recordará los pasajes donde se describen los ejércitos que asedian a la gran ciudad lacustre. Están formados por cientos de españoles y por miles de tlaxcaltecas, texcocanos, chalcas.

La mecánica militar, política y pasional de la conquista no fue la del choque de los conquistadores españoles con los pueblos indios, sino la de su alianza con los señoríos enemigos de la Gran Tenochtitlan y sus señores.

La historia de los tlaxcaltecas victoriosos, escrita por ellos mismos, no es, en efecto, la de una derrota sino la de una alianza.

Vindica, dice Navarrete, que adoptaron voluntariamente la religión católica en 1519, para volverse “aliados legítimos de los conquistadores”; enaltece la figura de Malintzin como emblema de esa alianza; presume la participación tlaxcalteca en la conquista de más de 50 pueblos; ve a la ciudad de Tlaxcala, “construida ya con la traza de una ciudad cristiana”, como un centro del “nuevo orden político y religioso de la Nueva España”.

A partir del siglo XIX, sigue Navarrete, “la memoria histórica tlaxcalteca ha sido negada por los nacionalistas”, “ignorada por los académicos” y “tergiversada al grado de ser incluida en la Visión de los vencidos”.

Concluye Navarrete: “La destrucción del mundo indígena que solemos atribuir al malvado colonialismo de la conquista ‘española’, es en realidad el producto del nacionalismo intolerante de los ‘mexicanos’”.

Conviene recordar esto ahora que la Ciudad de México emprende la delirante aventura de renombrar sus calles con orgullo de mexicas originarios, y de inventarse la idea de una “fundación lunar de Tenochtitlán”, en 1321.

La culpa en esto no es de los tlaxcaltecas.