
¿Quién manda realmente en México? López Obrador dice que “el soberano es el pueblo”. Pero no hay soberanía popular sin soberanía individual
Al recibir el Premio Cervantes, Gonzalo Celorio recordó la lectura de Mario Vargas Llosa sobre El Quijote: una obra sobre la libertad entendida como la soberanía del individuo frente al poder arbitrario. Para Don Quijote, la libertad es el más preciado don que a los hombres dieron los cielos. Le parece duro y cruel hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres e injusto que los hombres sean verdugos de otros hombres. Las armas existen para sostener las libertades, no para someterlas. Esa es la libertad republicana: ser independiente y vivir bajo la propia potestad. No depender de la voluntad arbitraria de otro.
La semana pasada, al presentar Pueblo, López Obrador no perdió la oportunidad para recordarnos que en una democracia verdadera “el soberano, el que manda, es el pueblo”. Pero el pueblo no es una abstracción. La soberanía popular existe cuando personas libres e iguales, dueñas de sí mismas, forman una voluntad común. La soberanía individual es la condición de la soberanía popular. Sin individuos soberanos no hay pueblo soberano.
Ahí aparece el juego de espejos del populismo. López Obrador habla de soberanía popular mientras su proyecto ha destruido la soberanía individual.
“Abrazos, no balazos” dejó territorios bajo el dominio del crimen. Hoy los homicidios pueden disminuir —mérito de la presidenta Sheinbaum—, pero persiste la pax narca. En Zacatecas, una comerciante sabe qué puede y qué no puede vender o comprar para evitar la ira del jefe de la plaza, que domina a su voluntad la vida de la comunidad.
Morena gobierna con la arbitrariedad que combatió Don Quijote. Comenzó con la cancelación del aeropuerto y culminó con la destrucción de la independencia judicial. Sin jueces independientes no hay soberanía individual. Sin reglas ciertas y con monopolios públicos o privados, la inversión se paraliza. El crecimiento se estanca y el empleo formal escasea. Un joven de Ecatepec sale de madrugada, viaja más de dos horas, tiene hora de entrada pero no de salida y puede perder el empleo en cualquier momento. No es dueño de su tiempo. Puede cambiar de trabajo, sí. Pero sólo para escoger otra forma de dependencia. La libertad de elegir no es libertad sustantiva si no es autónoma, si no es soberana.
La educación es el corazón de una vida independiente. Morena la ha destazado. Devolvió a las dirigencias sindicales el control arbitrario sobre la carrera de los maestros; eliminó las escuelas de tiempo completo; degradó materiales y aprendizajes. En salud, millones dejaron de encontrar atención pública y tuvieron que pagar servicios privados. Incluso los programas sociales, indispensables para ampliar autonomía, se desvirtúan cuando los entregan con chalecos guindas, bajo la amenaza velada de que pueden ser retirados o bloqueados arbitrariamente. Los programas sociales deben liberar, no generar dependencia.
Al alienar la soberanía individual, López Obrador convirtió la soberanía popular en una ilusión. El soberano, el que manda en realidad, es la nueva oligarquía guinda: Morena, dirigencias sindicales, monopolios y poderes criminales acumulan la soberanía que pierden las personas.
Para recuperar la soberanía popular hay que recuperar la soberanía individual. El camino es desmantelar la oligarquía que construyó Morena para construir una verdadera república que devuelva a cada mexicana y mexicano su soberanía frente a los potentados: recuperar territorios, justicia independiente, reglas económicas, trabajo digno, educación de calidad, maestros libres, salud efectiva y programas sociales sin condicionamiento velado.
Como lo mostró Cervantes en la obra cúspide de la lengua española, la libertad empieza cuando nadie vive bajo la potestad arbitraria de otro. Sólo cuando cada mexicana y mexicano sea soberano podrá serlo el pueblo.