Para muchos era un malandro menos; para ella, el amor de su vida

Para muchos era un malandro menos; para ella, el amor de su vida - Foto de Ana Paula Cámara
Foto de Ana Paula Cámara

En la ciudad de las bajas pasiones, los sentidos deben estar alerta siempre, desear que sea un buen turno es la expectativa y plegaria que predomina entre los peritos.

En la ciudad de las bajas pasiones, los sentidos deben estar alerta siempre, desear que sea un buen turno es la expectativa y plegaria que predomina entre los peritos.

En la radio sonaba recio un conjunto norteño que le cantaba un corrido a un delincuente conocido por utilizar aviones ligeros, la puerta del conductor de una troca Ram estaba abierta, un masculino de aproximadamente 25-30 años yacía sobre su lateralidad derecha.

Vestía pantalón de mezclilla azul oscuro, playera color rojo con un número ‘3’ a la altura del pectoral izquierdo, igual en la manga derecha, cadena color dorado al cuello y gorra de béisbol de un equipo local, no portaba cinturón o reloj a la vista.

Presentaba exposición de masa encefálica, la cual estaba esparcida por la tapicería y cristales; además, a simple vista se apreciaban cinco impactos por proyectil de arma de fuego de alto calibre en la zona del cuello, el cuarto y quinto arco costal izquierdo, extremidad superior e inferior izquierda.

El líquido hemático estaba goteando y creando patrones de manchas continuas y fluidas.

Sobre el tapete del conductor estaba un teléfono celular que no dejaba de sonar; en el identificador de llamadas aparecía el nombre “Susy”, más nosotros por protocolo no podemos responder una llamada en esas circunstancias.

El volante tenía una cubierta de una marca común entre cierta parte de la población, del espejo retrovisor colgaba un rosario, un escapulario y un aromatizante, el parabrisas presentaba seis impactos, en el compartimiento medio había restos de lo que presenta las características propias de la benzoilmetilecgonina sólida, algunos discos compactos y un maletín con dinero en efectivo en dos tipos monedas.

En los asientos traseros había restos de comida rápida, había quemaduras en la tapicería producto de las esquirlas producidas por los proyectiles, el olor predominante era una mezcla de hierro con pólvora aderezados con una temperatura que rondaba los 43 grados centígrados.

Los mirones abarrotaban los alrededores entre la avenida y la cinta amarilla, era el estacionamiento de una plaza comercial, donde está ubicada una tienda de conveniencia, un gimnasio femenino, una estética, un billar y una mueblería.

La barbarie que sucede en las calles se ha convertido en la atracción popular del momento, los conductores no solo bajan la velocidad al conducir por una escena de crimen, también buscan donde estacionarse para tener una vista completa y ampliar el tema de conversación en la sobremesa.

Mientras yo iniciaba la fijación de la escena y marcaba las coordenadas para sustentar el expediente, aparece entre los curiosos una mujer de entre 20-25 años descalza y en un estado de histeria total.

Refería que su esposo estaba en esa troca, que solamente había ido a la tienda de conveniencia por leche, previamente había recibido una llamada a su celular para ver a un amigo en ese lugar, por eso había aprovechado la salida.

La mujer mencionaba haber escuchado alrededor de doce detonaciones y en un intenso intento por saber qué sucedía, marcó de manera insistente al celular de su pareja, más no obtuvo respuesta. Por eso salió de casa, a unas cuadras de ahí, en busca de Pepe, y esa incertidumbre la hizo olvidar ponerse zapatos antes de salir de casa.

Para muchos de los mirones, ese hombre que yacía acribillado era una malandro menos; para Susy, era el amor de su vida y ya no regresaría a casa con ese galón de leche.

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