La autonomía de la Universidad Nacional

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De su apasionante historia destaca el capítulo por la autonomía universitaria. La autonomía es un principio toral para el desarrollo de la vida universitaria, ya que tiende a maximizar la protección de la libertad de cátedra

La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) no sólo es parte central de la memoria científica y pedagógica de la nación, sino que es el reflejo a escala de nuestra identidad como país. Como recuerda don Edmundo O’Gorman, en su libro La Invención de América, su apertura tuvo lugar el 25 de enero de 1553 y se organizó a imagen y semejanza de las universidades europeas de tradición escolástica, particularmente la de Salamanca. Al sobrevenir la época independiente, se suprimió el título de real, ya que el rey de España dejó de tener soberanía en el país. Se le llamó entonces Universidad Nacional y Pontificia, para después quedar sólo con el nombre de Universidad de México.

De su apasionante historia destaca el capítulo por la autonomía universitaria. La autonomía es un principio toral para el desarrollo de la vida universitaria, ya que tiende a maximizar la protección de la libertad de cátedra, de investigación, de transmisión del conocimiento y representa la piedra angular para el desarrollo de la educación, la ciencia y la cultura.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha señalado que la autonomía universitaria tiene características propias, distintas a aquellas que la Constitución otorga al resto de los organismos del Estado mexicano. En el caso de las universidades, se reconoce como una garantía institucional del derecho a la educación superior, es decir, tiene un carácter instrumental y no representa un fin en sí mismo: la autonomía sirve si y sólo si maximiza el derecho humano a la educación superior. Por esta razón, la autonomía universitaria no puede verse como sinónimo de inmunidad o extraterritorialidad, sino como un principio que permite la autonormación, el autogobierno ―siempre en el marco de principios constitucionales― y la administración de su patrimonio. Todo ello con el único fin de potenciar su labor civilizadora y transformadora de la sociedad.

En los días que corren se conmemoran fechas fundamentales para nuestra Máxima Casa de Estudios. El 26 de mayo de 1910 se promulgó la Ley Constitutiva de la Universidad Nacional de México, que cristalizaba el proyecto abrigado por don Justo Sierra para dotar al país de una institución central para la enseñanza y difusión de la educación superior.

Desde 1914, por lo menos, existían intenciones para que la Universidad Nacional gozara de autonomía. El impulso decisivo se dio en 1929 mediante una serie de reclamos contra un nuevo reglamento, por lo que autoridades y alumnos se enfrentaron fuertemente el 23 de mayo. La Escuela Nacional de Jurisprudencia fue protagonista de este movimiento universitario que concluyó cuando el presidente Emilio Portes Gil aceptó el pliego petitorio que demandaba la autonomía universitaria.

Así pues, la Ley Orgánica de la Universidad Nacional Autónoma de 1929 dotó de autonomía y personalidad jurídica a la institución; además dispuso como únicas instancias de gobierno al Consejo Universitario y al rector. El titular de la Secretaría de Educación Pública dejó de ser autoridad de la Universidad y el rector de ser una designación directa del presidente de la República. En adelante, la autonomía universitaria no haría sino consolidarse con la Ley Orgánica de la Universidad Nacional Autónoma de México de 1945, y elevada a rango constitucional en 1980 con la reforma al artículo 3º constitucional.

En su discurso de inauguración de nuestra alma mater, don Justo Sierra señaló: “No es lícito al universitario pensar exclusivamente para sí mismo. No podremos moralmente olvidarnos nunca de la humanidad ni de la patria”. Como orgulloso egresado y profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM acompaño plenamente las palabras de quien fuera nuestro rector: no es sólo el afán de conocimiento lo que debe guiarnos como universitarios, también la búsqueda de la justicia y el progreso social. No tengo duda que la educación superior que recibí en la Universidad Nacional de forma gratuita me obliga a recordar que la autonomía se conquistó para proteger y ejercer dignamente los valores universitarios.

Por Alfonso Pérez Daza


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