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El dilema, por Fernando Vazquez Rigada
Foto de Element5 Digital en Unsplash

Toda elección presenta un dilema que debe plantearse al electorado.

Una visión sobre su propio futuro. No el de una entelequia: algo tan sensible, cercano, comprensible y querido como su familia. Su hogar. Su vejez. El dilema de una elección posee varios niveles.

El más básico es continuidad o cambio. Bajo esa dualidad, viene la definición profunda del porvenir de las personas. ¿Cuál es el dilema profundo de la elección del 2 de junio? Dictadura con pobreza o libertad con bienestar. Si se respalda la primera, hay que votar por la continuidad. Si se aspira a la segunda, hay que votar por el cambio.

Esta proposición binaria no es una exageración. La continuidad del morenato está planteada para destruir a las instituciones, cercenar la democracia, destruir la libertad e instaurar una dictadura de partido único. Con buenas y malas artes, han ido destruyendo instituciones, sojuzgándolas y centralizando el poder. En la vida cotidiana, juegan con el garrote y la zanahoria. La zanahoria son los programas sociales y una narrativa bien armada de justicia social.

El garrote es un autoritarismo cada vez más duro del gobierno federal y los gobernadores; un rodillo legislativo, el terror del crimen organizado y la operación del aparato represivo del Estado. Quien no lo vea, es porque no quiere. Ahora bien. La defensa de la libertad, ¿da votos? Sí. Los da, si se traduce adecuadamente.

Primero: ya vimos que el atentado al INE, institución con fuertes vínculos sociales -todos traemos en la cartera un carnet de él- inflamó la indignación y dio un motivo a la gente para tomar masiva y cívicamente las calles. Segundo: la libertad mexicana ha sido una construcción social, y de ahí que tenga un componente de imaginario colectivo. Tercero: la libertad es apreciada, pero no como concepto abstracto.

Hemos ido perdiendo de manera acelerada nuestra libertad. Tan rápido —de eso se trata el juego de la política del vértigo que domina el oficialismo— que no nos damos cuenta. La libertad importa y moviliza, pero hay que tener una pedagogía para explicarlo.

¿Son libres los jóvenes que no pueden salir al antro sin temor a que los maten, los obliguen a matarse entre ellos, los droguen, los levanten y luego, para colmo, los criminalicen desde el máximo púlpito del poder? No. No lo son. ¿Son libres las mujeres que no pueden subirse a un transporte público sin ser vejadas? ¿Las que deben proteger su vida porque las matan por ser mujeres o les deforman la cara con ácido? No. No lo son. ¿Son libres los enfermos que no obtienen consultas o que no consiguen sus medicinas? No. No lo son. ¿Serán libres los niños que no sabrán leer ni sumar porque no son educados sino adoctrinados en la escuela pública? No. No lo serán. ¿Tendrás protegido tu patrimonio sin un Poder Judicial autónomo? No. Lo perderás.

Pero la defensa de la libertad no basta. Es un concepto reactivo. Debemos pasar a la ofensiva. Decirle a la gente cómo les garantizamos que vivirán mejor. Que comprendemos su dolor. Que acompañamos su luto. Que no queremos que vivan dignamente su pobreza, sino que la abandonen. Divulgar que en los estados que gobernamos hay medicina, empleo, tranquilidad. En suma, que sabemos cómo hacer que tu familia ascienda. Que suba. Que triunfe.

Repetir que entendimos la lección del 2018 y que somos diferentes y mejores. Con la defensa de la libertad podemos convencer a los opositores duros. Con el bienestar para todos, a los indecisos, indiferentes y blandos de Morena. El Frente no ha sido capaz de plantear claramente el dilema de la elección.

Se está cayendo en la tentación de convertirla, fatalmente, en un plebiscito sobre el presidente. Hay que salirnos de la trampa, subrayar los riesgos terribles que vivimos, contrastar sin temor con la corcholata designada, y proponer una ruta clara de escape a la dictadura de la mediocridad, la pobreza y el crimen. Hay que dibujar un nuevo provenir.

Y hay que hacerlo pronto. @fvazquezrig