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Quien resulte vencedor en Colombia heredará una sociedad fuertemente dividida, marcada por altos niveles de confrontación y altos niveles de tensión política
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Una Colombia fracturada llega a su balotaje decisivo
Foto: EFE.

Por: Daniel Zovatto, Director y Editor · Radar LATAM 360

Colombia llega a la segunda vuelta presidencial de este domingo convertida en un país no solo polarizado sino fracturado. El outsider de ultraderecha Abelardo de la Espriella aparece como favorito para suceder a Gustavo Petro, pero la disputa con el candidato oficialista de izquierda, Iván Cepeda, continúa abierta y el desenlace sigue siendo incierto. Quien resulte vencedor, heredará una sociedad fuertemente dividida, marcada por altos niveles de confrontación y altos niveles de tensión política.

Sin embargo, esta elección no puede entenderse únicamente como una disputa ideológica entre izquierda y derecha. Más que una simple competencia por el poder, la contienda se ha convertido en una prueba de resistencia para las instituciones colombianas y para la capacidad del país de gestionar sus profundas diferencias dentro de las reglas del juego democrático.

Las sorpresas de la primera vuelta

La primera vuelta del 31 de mayo produjo varias sorpresas. Con una participación del 57,9% —la más alta desde 1990—, de la Espriella, líder del movimiento Defensores de la Patria, obtuvo el 43,7% de los votos y superó al candidato oficialista Iván Cepeda, que alcanzó el 40,9%. Al no lograr ninguno la mayoría absoluta, la elección quedó definida para el balotaje del 21 de junio.

La sorpresa no fue únicamente la victoria de De la Espriella sobre un Cepeda que llegaba como favorito en las encuestas. También lo fue el desplome de la derecha tradicional: Paloma Valencia quedó relegada a un distante tercer lugar, mientras que las candidaturas de centro, encabezadas por Sergio Fajardo y Claudia López, volvieron a evidenciar su incapacidad para consolidarse como una alternativa competitiva. Sin embargo, los millones de votos obtenidos por estas opciones han adquirido una importancia estratégica de cara al balotaje. En una contienda que se anticipa reñida, la capacidad de ambos candidatos para atraer a ese electorado moderado, junto con los indecisos y los abstencionistas tanto dentro como fuera del país, podría terminar siendo determinante para definir quién ocupará la Casa de Nariño a partir del próximo 7 de agosto.

Una democracia bajo tensión

Colombia llega a la segunda vuelta inmersa en una combinación particularmente tóxica de polarización, violencia, fragilidad fiscal y desinformación. No es casual que The Economist haya descrito esta contienda como una de las más polarizadas que recuerda. El país sigue dividido sobre el legado de Gustavo Petro, cuyo gobierno deja avances sociales importantes, pero también una fallida estrategia de “paz total”, un deterioro de la seguridad, escándalos de corrupción y una relación más compleja con Washington. A ello se suma una economía con un déficit fiscal cercano al 6,7% del PIB y una deuda pública que supera el 62%.

La violencia también marcó la campaña: grupos armados como el ELN,  las disidencias de las FARC y el Clan del Golfo mantienen influencia territorial en amplias zonas rurales buscando influir en el voto. Empero, el principal riesgo para esta elección no proviene de las armas sino como bien ha advertido el registrador Hernán Penagos, de la desinformación que erosiona la confianza en las instituciones y puede convertirse en un detonante de violencia. Sus alertas cobran especial relevancia en una segunda vuelta en la que no hubo debate entre los candidatos y en un contexto en el que el propio Petro ha cuestionado la transparencia del proceso electoral, contribuyendo a generar un clima de incertidumbre que podría extenderse más allá de la jornada de votación.

El Tigre

Abelardo de la Espriella, de 47 años, se presenta como un outsider bajo el apodo de “El Tigre”. Es el primer candidato con posibilidades reales ganar la presidencia sin haber ocupado previamente un cargo de elección popular. Abogado penalista de profesión, construyó una carrera de alto perfil representando a clientes controvertidos, incluidos paramilitares y personas vinculadas al lavado de activos, una trayectoria que continúa siendo uno de los principales focos de cuestionamiento.

Su candidatura —que copió los métodos exitosos de la ultra derecha hemisférica— descansa sobre tres pilares: 1) una política de seguridad de mano dura que evoca el modelo de Nayib Bukele; 2) una agenda económica de reducción del tamaño del Estado inspirada en la “motosierra” de Javier Milei; y 3) una estrategia comunicacional confrontacional cercana a Donald Trump de quien ha recibido fuerte respaldo. Con el lema  “los nunca” contra “los de siempre”, capitalizó el profundo desgaste de los partidos tradicionales y construyó una candidatura antisistema desde fuera de las estructuras políticas convencionales.

Sus críticos cuestionan la falta de experiencia en gestión pública, la ambigüedad de algunas de sus propuestas y el riesgo de que un eventual gobierno suyo revierta parte de las reformas sociales impulsadas por Petro y debilite la implementación del acuerdo de paz de 2016. Consciente de esas vulnerabilidades, eligió como compañero de fórmula al exministro de Hacienda y Comercio José Manuel Restrepo, una figura respetada por los mercados y el sector empresarial que aportó credibilidad técnica y económica a su proyecto.

El heredero que busca diferenciarse de Petro

A sus 63 años, Iván Cepeda llega a la segunda vuelta como el candidato de la continuidad, pero también como alguien que ha intentado marcar distancia de Petro. Histórico defensor de los derechos humanos, senador durante más de una década y una de las figuras más respetadas de la izquierda colombiana, Cepeda representa la apuesta del Pacto Histórico por preservar los avances sociales del actual gobierno sin reproducir necesariamente su estilo confrontacional.

Durante la campaña defendió la reforma agraria, la expansión de las políticas sociales, la implementación del acuerdo de paz de 2016, una transición energética gradual y una agenda orientada a reducir la desigualdad. Sin embargo, tras quedar segundo en la primera vuelta, emprendió un giro hacia el centro con el objetivo de atraer a los votantes moderados. Abandonó la propuesta de convocar una Asamblea Constituyente, tomó distancia de la política de “paz total” proponiendo la “paz integral”, centrada en implementar los acuerdos ya existentes, y puso el énfasis en la construcción de un gran acuerdo nacional sobre un conjunto limitado de prioridades. Más que un continuador de Petro, Cepeda ha intentado presentarse en las últimas semanas como una versión más predecible, institucional y dialogante de la izquierda colombiana. Su mensaje final de campaña ha buscado disipar los temores de los sectores moderados y empresariales: no una refundación del Estado, sino reformas graduales construidas mediante amplios acuerdos políticos. Que los electores moderados, del centro e indecisos crean o no en esa moderación y que sectores afines a la izquierda que no votaron en la primera vuelta lo hagan en esta oportunidad, podría terminar siendo decisivo para los resultados de esta elección.

Reflexión de cierre

Las autoridades electorales aseguran que existen plenas garantías para la celebración del balotaje. Coincido. A estas alturas, el principal riesgo no parece estar en las urnas, sino en la desinformación y en la capacidad de los actores políticos para aceptar y procesar democráticamente el resultado.

En las últimas horas, consciente de los riesgos que entraña una elección tan polarizada, el presidente Petro ha moderado el tono de sus declaraciones y ha llamado a sus seguidores a mantener la calma cualquiera sea el resultado. Es una señal positiva después de semanas de cuestionamientos al proceso electoral y de una campaña marcada por la confrontación y las descalificaciones agresivas.

Resumiendo:

Lo que está en juego trasciende la disputa entre dos candidatos. El resultado tendrá implicaciones para la calidad de la democracia colombiana, y sus instituciones, para el futuro del Acuerdo de Paz de 2016, para para el equilibrio político de América Latina y para la relación de Bogotá con Washington en un momento de profundas transformaciones geopolíticas en el hemisferio.

Pero cualquiera sea el ganador, el verdadero desafío comenzará el lunes 22 de junio para garantizar una transición ordenada y, sobre todo, despues del 7 de agosto. Gobernar una Colombia fracturada exigirá algo más que una victoria electoral. Requerirá reconstruir puentes, reducir la polarización, generar acuerdos básicos sobre seguridad, crecimiento económico y cohesión social, y convencer a millones de ciudadanos que no votaron por el vencedor de que siguen teniendo un lugar en el proyecto nacional. La legitimidad de la próxima presidencia no dependerá únicamente de los votos obtenidos en las urnas, sino de su capacidad para gobernar para todos los colombianos y no solo para quienes le dieron la victoria. Esa será, en definitiva, la prueba más importante de la democracia colombiana.