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Pepe Mujica, el presidente austero que transformó Uruguay
El expresidente de Uruguay, José Mujica, habla durante una entrevista con EFE, el 22 de abril de 2024, en Montevideo (Uruguay). Foto de EFE/ Sofía Torres

José Mujica, conocido en todo el mundo como Pepe, presidió Uruguay entre 2010 y 2015 con un estilo inusual, directo y profundamente humano. Exguerrillero tupamaro, campesino, legislador y figura internacional, Mujica combinó su ideología de izquierda con una fuerte dosis de pragmatismo. Su gestión dejó huella tanto por sus políticas como por su forma de ejercer el poder.

Mujica fue un presidente que vivía como hablaba

Mujica rechazó el lujo del cargo. Donó gran parte de su salario, vivió en su chacra en las afueras de Montevideo y condujo su viejo Volkswagen Escarabajo.

Esa coherencia entre discurso y estilo de vida lo convirtió en un símbolo mundial de la política austera y honesta. Pero más allá de la imagen, Mujica implementó medidas que redefinieron el rumbo de Uruguay.

Legalización del cannabis: una política pionera

Una de las decisiones más emblemáticas de su mandato fue la legalización de la marihuana. En 2013, Uruguay se convirtió en el primer país del mundo en regular la producción, distribución y consumo de cannabis desde el Estado.

La medida buscaba quitarle el negocio al narcotráfico y tratar el consumo como un problema de salud pública, no penal. Aunque polémica, la ley fue vista internacionalmente como un experimento audaz de política pública.

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Mujica defendió esta reforma con firmeza. No era una postura pro-droga, sino una alternativa frente al fracaso de la guerra contra el narcotráfico.

La implementación fue gradual, con un sistema de registro y control estricto. A largo plazo, posicionó a Uruguay como un país innovador y valiente en términos de legislación social.

Matrimonio igualitario y aborto: avances en derechos

Durante su Gobierno también se aprobaron dos leyes claves para los derechos civiles: la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y la despenalización del aborto en las primeras doce semanas de gestación.

Uruguay se convirtió en uno de los países más progresistas de América Latina en materia de derechos individuales.

Ambas reformas enfrentaron resistencia, especialmente de sectores conservadores y religiosos, pero Mujica se mantuvo firme. Su argumento era claro: el Estado debe garantizar la libertad de las personas, no imponer moralinas.

Economía con inclusión

En lo económico, Mujica mantuvo la estabilidad macro heredada de los anteriores Gobiernos del Frente Amplio, pero con fuerte énfasis en la inclusión social.

Durante su mandato, el PIB creció, el desempleo bajó y la pobreza se redujo del 18% al 10%. También se promovieron inversiones extranjeras, especialmente en infraestructura y energía.

Uno de los logros más destacables fue la ampliación de políticas sociales como el Plan de Equidad, que brindó apoyo directo a familias vulnerables. Mujica también impulsó la educación técnica y las políticas de descentralización, buscando integrar al interior del país a los beneficios del desarrollo.

Educación, un punto débil

Sin embargo, no todo fueron éxitos. La reforma educativa prometida quedó a medio camino. El sistema público de enseñanza continuó con problemas estructurales: baja retención en secundaria, infraestructura deficiente y conflictos con los gremios docentes.

Mujica admitió en más de una ocasión que la educación fue su gran deuda.

A pesar de algunos intentos, como el fortalecimiento de la Universidad Tecnológica del Uruguay (UTEC) y la continuidad del Plan Ceibal (que entrega computadoras a escolares), los avances no lograron cambiar el panorama general.

Política exterior y liderazgo regional

En el plano internacional, Mujica mantuvo una postura independiente y crítica. Fue mediador en varios conflictos regionales, promovió la integración latinoamericana y mantuvo buenas relaciones con potencias como Estados Unidos y China, sin alineamientos automáticos.

Su discurso en 2013 ante la Asamblea General de la ONU, donde criticó el consumismo y abogó por una vida más simple y solidaria, recorrió el mundo. Habló como presidente, pero también como alguien que había vivido en carne propia la violencia, la pobreza y la cárcel. Su credibilidad no venía del cargo, sino de su trayectoria.

El legado de Mujica está basado en el ejemplo

El legado de Mujica va más allá de las leyes o los indicadores económicos. Representó una forma distinta de ejercer el poder: cercana, sin adornos, basada en la ética personal. En un continente muchas veces marcado por la corrupción y la retórica vacía, su figura ofreció una alternativa creíble.

No fue un presidente perfecto. Hubo errores, demoras y promesas incumplidas. Pero su autenticidad y su capacidad para impulsar transformaciones de fondo lo convirtieron en un referente mundial. Su frase más recordada quizá lo resume todo: “Pobres no son los que tienen poco, sino los que necesitan infinitamente más”.

Hasta su muerte, hoy a los 89 años, Mujica siguió siendo una voz respetada a pesar de estar retirado de la política activa. En un mundo desconfiado de sus líderes, su presidencia demostró que otra forma de gobernar —más humana, menos ostentosa— no solo era posible, sino necesaria.

Con información de EFE.