Nomadelfia, la comunidad del amor fraterno


Nomadelfia, la comunidad del amor fraterno - Foto de Internet
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El 6 de enero de 1931, se sentaron las bases de una “nueva ciudad”, donde mujeres solteras se convierten en “madres de vocación” y los matrimonios acogen a niños abandonados como propios, llegando a tener decenas

El pasado 10 de mayo, el papa Francisco visitó la aldea de Nomadelfia, un pequeño pero significativo viaje para homenajear a Zeno Saltini, el sacerdote fundador de esta peculiar comunidad donde la fraternidad es ley, cuya obra desafió el egoísmo y la hostilidad eclesiástica.

El día de su primera misa, el 6 de enero de 1931, el sacerdote dio una muestra de en qué consistiría su ministerio al decidirse a adoptar a un joven de 17 años, el cual recientemente había salido de la cárcel. Puso así las bases de una “nueva ciudad”, donde mujeres solteras se convierten en “madres de vocación” y los matrimonios acogen a niños abandonados como propios, llegando a tener decenas.

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Extendida a lo largo de 400 hectáreas de verdes praderas y amables colinas y con una población de poco más de 300 personas, la mayoría niños, esta comunidad se forjó gracias a la perseverancia del grupo inicial, entre el escepticismo de los contemporáneos y la desconfianza de las autoridades de la Iglesia.

Tanto que, por ocho años, Saltini se vio obligado a dejar el sacerdocio para estar junto a “sus hijos” mientras, en 1950, el Vaticano suprimió sus comunidades. Finalmente se impusieron los hechos y en 1989 el papa Juan Pablo II dio su reconocimiento final con una visita al lugar.

Los habitantes de la comunidad, los cuales no tienen un apellido, consideraron que pese a lo bello del lugar, puede ser difícil convivir con la misma gente todos los días, al final del día continúan trabajando juntos en beneficio del grupo.

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La importancia de la comunidad no solo radica en su resistencia al capitalismo salvaje, sino en su labor en beneficio de la comunidad. Por ejemplo, tanto sus “mamás por vocación” como los matrimonios que en ella viven han criado en su conjunto a más de 5 mil niños.

“Recuerdo la emoción indescriptible cuando trajeron a Sebastiano, nuestra espera fue como la de cualquier niño. Sabíamos quién era y algunas pocas cosas, pero era la misma emoción de un parto. Para nosotros no hay diferencia, todos los niños se nos fueron encomendados, los nacidos y los otros. Los hijos no son nuestros, son de Dios”, comentó una pareja conformada por Clara y Nazareno.

Clara, de 31 años de edad y sexta de siete hijos, recordó que lo más difícil para ella fue quizá sacrificar su independencia en beneficio de la comunidad. “Aquí estás a disposición de la comunidad, muchas cosas no las decides tú. En realidad uno decide a priori, cuando opta por entrar aquí. Resulta curioso: yo soñaba con mi independencia y el Señor me pidió venir a Nomadelfia”.

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Sin embargo, señaló que la vida en la villa tiene sus inesperados beneficios, como la ausencia de dinero. “Te da libertad y te sientes ligero. Ya desde niña pensaba cómo sería el mundo si no existiese el dinero. Era una cosa impensable, pero aquí podemos hacerla realidad. Cierto, existe una administración, pero nosotros no tenemos ese pensamiento”.

En su visita, el papa Francisco llamó a la villa una comunidad profética, pues “se propone realizar una nueva civilización”. Además, los alentó a seguir por el mismo camino del amor fraterno “mediante obras y signos visibles pero siempre conservando el espíritu de don Zeno, que quería una Nomadelfia ligera y esencial”.

“(A Zeno) le había quedado impresa la frase de Jesús: ‘Ninguno que pone mano al arado y después mira para atrás es adecuado para el reino de los cielos’. La repetía a menudo, quizás presagiando las dificultades que iba a encontrar por encarnar, en la cotidianidad, la fuerza renovadora del evangelio”, añadió.

Con información de Alfa y Omega

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