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La guerra de Trump y Netanyahu contra Irán: 30 días de caos y un futuro incierto
Foto de EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

Por Daniel Zovatto @zovatto55

Director y editor de Radar Latam 360

Un mes después del inicio de la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, la promesa de una guerra breve al estilo Venezuela ha quedado desmentida por la realidad.

Lo que comenzó el 28 de febrero como una operación quirúrgica —concebida para desmantelar el programa nuclear iraní, debilitar su aparato militar y precipitar un eventual colapso del régimen vía insurrección de la población en las calles— ha derivado un mes después, en un conflicto abierto, regionalizado y sin horizonte claro de cierre.

Lejos de los “dos o tres días” anunciados por el presidente Donald Trump, la guerra acaba de entrar este domingo en su quinta semana con todos los escenarios abiertos: negociación, estancamiento o escalada mayor.

El balance inicial es tan contundente como inquietante. A pesar de más de 10.000 objetivos atacados y una presión militar sin precedentes, el régimen iraní no solo sigue en pie, sino que ha logrado resistir —absorbiendo los durísimos y múltiples ataques y las numerosas decapitaciones de sus principales líderes— e incluso endurecido su postura.

La eliminación del líder religioso Alí Jameneí y de otros altos mandos no produjo el colapso esperado del régimen ni de la revolución islamica , sino una reconfiguración del poder hacia sectores más radicales, en particular la Guardia Revolucionaria.

En términos estratégicos, esto representa una primera paradoja: la guerra destinada a debilitar al régimen podría estar contribuyendo a su consolidación aún más autoritaria y de carácter fuertemente militar.

Por otra parte, el conflicto ha dejado de ser bilateral para transformarse en un entramado regional de múltiples frentes con al menos 14 países involucrados de momento. La entrada reciente de los hutíes desde Yemen, los ataques desde Líbano y la creciente implicación de actores no estatales alineados con Teherán configuran un escenario de guerra por delegación que amplifica los riesgos de escalada.

La amenaza simultánea sobre dos arterias críticas del comercio global —el estrecho de Ormuz y Bab al Mandeb— introduce un factor geoeconómico de enorme gravedad. No se trata solo de un conflicto militar: es una crisis sistémica que afecta la arquitectura misma de la globalización.

En este contexto, la economía global ya está sintiendo los efectos. El precio del petróleo Brent, que el pasado viernes llegó a los 114 dólares por barril, refleja no solo disrupciones reales en el suministro, sino también una prima de riesgo geopolítico en expansión. El eventual cierre prolongado de Ormuz —por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo, del gas y los fertilizantes a nivel mundial— podría desencadenar un shock energético superior al de 1973. A ello se suma la amenaza sobre las rutas comerciales que conectan Asia con Europa, con implicancias directas sobre cadenas de suministro, inflación y crecimiento global.

Los mercados financieros han reaccionado con creciente volatilidad —registrando las Bolsas fuertes caídas—, mientras resurgen los temores de estanflación: una combinación de bajo crecimiento y alta inflación que ya marcó episodios críticos en la historia económica reciente.

El encarecimiento de la energía impacta transversalmente en costos de producción, transporte y alimentos, amplificando presiones inflacionarias en un momento en que muchas economías aún no logran consolidar su recuperación post-pandemia.

En este escenario, la guerra no solo destruye infraestructura en Oriente Próximo: erosiona las bases de estabilidad del sistema económico internacional.

A nivel político, la estrategia de Washington muestra señales de ambigüedad e inconsistencia. Mientras la Casa Blanca insiste en que la guerra está “casi terminada”, el despliegue de nuevos contingentes —más de 7 mil efectivos adicionales en las últimas horas— sugiere lo contrario: una preparación para una posible intensificación del conflicto. La posibilidad de una operación terrestre, aunque de momento oficialmente descartada —según declaraciones recientes del secretario Rubio desde París— comienza a formar parte del cálculo estratégico.

Como en Irak en 2003, el riesgo de una “misión que se expande” es cada vez mayor con todas sus consecuencias.

Por su parte, Israel, bajo el liderazgo de Benjamin Netanyahu, ha intensificado sus ataques, ampliando el espectro de objetivos hacia infraestructuras críticas iraníes pero también en el sur del Líbano. Sin embargo, la capacidad de disuasión israelí enfrenta límites claros en un conflicto de esta magnitud, especialmente cuando se trata de un adversario con profundidad territorial, resiliencia institucional y redes regionales de apoyo. Cabe recordar que Irán tiene 92 millones de habitantes, un territorio tres veces superior al de Irak y una orografía mucho más desafiante.

En el plano diplomático, los intentos de mediación liderados por actores como Turquía, Egipto y Pakistán han mostrado, de momento, avances marginales. Las posiciones de las partes siguen siendo irreconciliables: Washington exige la eliminación total del programa nuclear y misilístico iraní, mientras Teherán reclama el fin de la agresión, compensaciones económicas y garantías de no repetición. En otras palabras, las condiciones para negociar hoy son más exigentes que antes del inicio de la guerra, lo que reduce aún más la probabilidad de un acuerdo en el corto plazo.

Así, el conflicto entra en su quinta semana en una fase de incertidumbre estructural. Tres escenarios se perfilan en el horizonte. El primero, y menos probable en el corto plazo, es un acuerdo negociado que congele las hostilidades sin resolver las causas profundas del conflicto. El segundo es un estancamiento prolongado, con episodios intermitentes de escalada y un alto costo económico global. El tercero, y más peligroso, es una escalada mayor que incluya operaciones terrestres, cierre total de rutas marítimas estratégicas y una regionalización aún más amplia de la guerra.

La lección de este primer mes es clara: las guerras del siglo XXI rara vez responden a los cálculos originales de quienes las inician. En un mundo interdependiente, los conflictos locales se transforman rápidamente en crisis regionales o incluso con repercusiones globales. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán no es la excepción. Es, más bien, un síntoma de un orden internacional actualmente en transición, con un multilateralismo debilitado y donde el uso de la fuerza vuelve a ocupar un lugar central, pero sin garantizar resultados decisivos.
Un mes después de iniciada la ofensiva, la única certeza es la incertidumbre. En ese terreno volátil no solo se dirime el desenlace de la guerra, sino también la estabilidad de la economía global y el equilibrio geopolítico de los próximos años.

En síntesis: Las primeras cuatro semanas han desmontado cualquier ilusión de control unilateral del desarrollo de los acontecimientos de parte de los EEUU pese a su innegable superioridad militar. Iniciar una guerra puede ser una decisión política y unilateral; terminarla, en cambio, es un proceso estratégico incierto, costoso y, con frecuencia, fuera del alcance de quienes la desencadenan.