¿Corre peligro la democracia en Brasil?
Bandera de Brasil. Foto de Rafaela Biazi en Unsplash.

Por Daniel Zovatto, director de IDEA Internacional para América Latina

Las elecciones brasileñas del próximo 2 de octubre serán las terceras presidenciales del 2022, luego de los procesos electorales de Costa Rica (6 de febrero y 3 de abril) y Colombia (29 de mayo y 19 de junio), comicios que cierran la agenda electoral de este año en el marco del súperciclo 2021-2024.

La contienda presenta un alto nivel de polarización entre el ícono indiscutido de la izquierda brasileña, Luiz Inácio Lula da Silva, versus el líder de la extrema derecha y actual presidente, Jair Bolsonaro, quien suma escándalos y apuesta por la distribución de nuevos subsidios para apalancar su reelección.

¿Qué dicen las encuestas?

Unos 150 millones de electores irán a las urnas el próximo 2 de octubre, y el país ya está sumergido en una campaña anticipada y crispada, en la que Lula lleva una clara ventaja en las encuestas, de 14 puntos (un 45 a un 31%) según el consolidado de sondeos del diario O Estado de São Paulo.

Los escenarios de un eventual balotaje, a finales de octubre, amplían aún más la ventaja del expresidente frente al actual mandatario. Asimismo, cinco de las diez encuestas difundidas en los últimos quince días coincidieron en que Lula podría incluso imponerse en primera vuelta con poco más del 50%, lo que ha disparado todas las alarmas en la campaña del líder de la ultraderecha.

Es cierto que en algunas encuestas recientes, en comparación con las de junio, Bolsonaro acortó distancia en un par de puntos, pero todavía dentro de los márgenes de error estadísticos, lo que no es suficiente, por ahora, para hablar de una tendencia.

La posibilidad de terceros candidatos —como el laborista Ciro Gomes, con el 8%, o la conservadora Simone Tebet, por debajo del 3%— de romper la polarización es nula.

Ambiente adverso para la reelección

Con una inflación del 12%, un 10% de desempleo, 33 millones de personas pasando hambre y una pandemia que no acaba de ser superada y que a la fecha ya mató a más de 670.000 brasileños, la situación del país constituye un serio obstáculo para que el actual mandatario logre la reelección.

La gestión de Bolsonaro acumula, asimismo, graves denuncias de corrupción en el Ministerio de Educación y la reciente renuncia —tras acusaciones de acoso sexual hechas por funcionarias de la propia entidad— del presidente de un banco estatal muy próximo al mandatario.

El presidente responde a estos escándalos con una estrategia doble: por un lado, con el silencio y, por el otro, logrando que el país sea declarado en “estado de emergencia”, medida que fue avalada por amplia mayoría en el Senado y la Cámara de Diputados la semana pasada, lo que abrió camino a la distribución de nuevos subsidios estimados en $7.600 millones a partir de agosto, o sea, tan solo dos meses antes de las elecciones.

El “estado de emergencia”, que los legisladores justificaron por el impacto de la guerra en Ucrania, permite al gobierno lanzar un masivo paquete de subsidios para los más pobres y también para ciertos grupos “clave”, como conductores de camiones y taxis (afectados por el incremento de los combustibles).

Esta controvertida medida fue el mecanismo que encontró la mayoría oficialista en el Congreso para burlar la legislación electoral que impide medidas de esta naturaleza durante los seis meses previos a unos comicios.

Adicionalmente, la violencia política se hizo presente en la campaña. El hecho trágico que movilizó la atención de los medios y la opinión pública fue el asesinato, en la ciudad fronteriza de Foz do Iguazú, el 9 de julio, de un dirigente local del Partido de los Trabajadores (partido de Lula) por un militante bolsonarista.

Ataques a la democracia y a las autoridades electorales

El presidente Bolsonaro ha hecho de sus amenazas contra el Tribunal Superior Electoral (TSE) y sus integrantes su bandera de campaña, denunciando desde hace dos años y sin pruebas un posible fraude que dice “no tolerará”.

El lunes 18 de julio citó en su residencia a 40 diplomáticos extranjeros ante quienes denunció la falta de seguridad del sistema de votación y de confianza en el proceso electoral. A las pocas horas, el TSE envió al mismo cuerpo diplomático y a los medios una respuesta desmintiendo cada una de las declaraciones infundadas del presidente.

El permanente ataque al proceso electoral, a la urna electrónica (en uso desde hace más de dos décadas) y al TSE representa una grave amenaza para la democracia brasileña, la cual ha venido experimentando un serio, gradual y permanente deterioro, sobre todo desde la llegada de Bolsonaro a la presidencia.

Si se tiene presente su cercanía con el expresidente de Estados Unidos Donald Trump, el uso manipulado que hace de las redes sociales, la fuerte presencia de militares en su gobierno y la pérdida de neutralidad política de un sector de los uniformados, incluido el actual ministro de Defensa, la vigilancia de la democracia y la integridad del proceso electoral requerirán el máximo esfuerzo nacional e internacional.

Este nuevo ataque sin pruebas al sistema electoral de parte de Bolsonaro generó un amplio rechazo en numerosos sectores, tanto dentro como fuera de Brasil. Las embajadas de Estados Unidos, el Reino Unido, Suiza e Italia, entre otras, emitieron comunicados oficiales expresando su confianza en la democracia y en el voto electrónico brasileño.

Por su parte, los presidentes del Senado, la Corte Suprema de Justicia y el Tribunal Superior Electoral, así como los principales medios y más de 60 entidades de la sociedad civil brasileña también se manifestaron en el mismo sentido a lo largo de la semana.

Resumiendo: Brasil va camino a una elección clave no solo para el país sino para la región. Las denuncias de irregularidades y fraude anticipado son totalmente infundadas. La urna electrónica es un mecanismo de votación seguro, confiable y auditable.

El Tribunal Supremo Electoral es un órgano imparcial y muy competente, con capacidad y voluntad de garantizar un proceso electoral con los más altos estándares de integridad.

La democracia brasileña atraviesa su momento más crítico desde el retorno a la democracia en la década de los ochenta del siglo pasado. Un serio deterioro o retroceso democrático en el gigante suramericano sería de extrema gravedad no solo para Brasil, sino también para el resto de América Latina.

Por todo ello, no debemos subestimar esta peligrosa amenaza ni dejar solo al TSE contra los falsos y recurrentes ataques de Bolsonaro. Es mucho, muchísimo, lo que está en juego en estas elecciones.