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El recuerdo de Rogelio Naranjo
Foto de Foto Guillermo Sologuren

Para quienes tuvimos la fortuna de tratarlo, quedará en la memoria la de este artista michoacano fuera de serie, con un estilo propio, que dia a día, a base de múltiples trazos , lineas perfectas y exactas producía cada uno de sus incisivos y mordaces cartones políticos.

Ah, como olvidar aquél charro, bigotón, pisando una calavera que en su sombrero tenía escrito Me vale madre que terminó impreso en múltiples posters y playeras en los años setentas. También sus carteles para cine y hasta sus anuncios publicitarios para una línea aérea extranjera.

Como persona, siempre introvertido, pensativo, observador de lo cotidiano. Finalmente era un cronista gráfico. Tardaba varias horas del día para realizar su trabajo , desde Excélsior hasta los últimos años en la revista Proceso y en el diario El Universal. Todavía dibujó esta semana a Trump, con un pulso que delataba su enfermedad, en un cartón titulado: Pesadilla.

Hace más de 40 años, lo conocí siendo yo estudiante de periodismo de la Carlos Septién, en su casa en el sur de ciudad. Después se mudaría a la calle de Indianápolis, en la Nápoles. Un original de Oski, otro genio de la caricatura argentina, enmarcado decoraba una de las paredes de su desayunador. Tenía una imprenta antigua en el garage de su casa. Editaba por esas fechas la revista humorística La Garrapata de la cual fue codirector junto con Eduardo del Río, Rius,  Emilio Abdalá, AB y Helio Flores. Rogelio ya publicaba en la página editorial de Excélsior y en la página cultural de Siempre! donde alternaba sus dibujos con los textos de Carlos Monsivais en “Por mi madre , bohemios“.

Lo recuerdo vacilando con los colegas en las reuniones de fin de año en la oficina de la SMC, en la calle de Humboldt, y en los primeros años del Museo de la Caricatura donde lo atestiguan fotografias históricas. Visité con él y amigos mutuos algunas cantinas en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Como reportero lo entrevisté para la revista Visión en un número dedicado al humor latinoamericano.

Lo recuerdo fumando cigarro tras cigarro y con café de por medio. Es probable que a la larga eso le cortó años a su vida. Cuando viajé a Argentina en los años difíciles del golpe militar en 1976, me encargó libros de otro monstruo de la caricatura: Hermenegildo Sábat, que hasta la fecha publica en el diario Clarín en Buenos Aires. Hizo gran amistad con él y consiguió invitarlo a México el año siguiente. Viajamos juntos a Guadalajara para conocer a Lucrecia, hija del muralista José Clemente Orozco. Asimismo visité junto con él a los hermanos Venegas Arroyo en la segunda cerrada de Lecumberri, donde conservaban tacos originales y litografías del taller de José Guadalupe Posada. Nos reunimos en Cuernavaca con Magú, Palomo y Rius, encuentros memorables. Cuando regresé de aquel viaje por una Argentina convulsionada con su pedido de libros, me obsequió algunos originales que conservo con emoción.

Dejé de verlo muchos años, solo nos comunicamos via telefónica. Por diversas razones no pude asistir a la presentación de su libro Vivir en la raya ni a la ceremonia donde donó su obra a la UNAM pero me quedo con su trato amable y sus consejos. Paradójicamente, ahora que emprendió la “graciosa huída” estaba leyendo un libro que realizó con Juan Villoro titulado Funerales Preventivos

Por Pedro Sol