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‘José Agustín’, por Miguel Ángel Paredes Ramos
Fotografía de archivo fechada el 21 de septiembre de 2011 del escritor José Agustín durante un acto protocolario en Ciudad de México (México). EFE/Sáshenka Gutiérrez

Por Miguel Ángel Paredes Ramos

Fue un reencuentro con aquellos jóvenes que hace treinta años decidieron pasar un fin de semana en Tepoztlán, en que vivieron la mayor experiencia de su vida al penetrar a un mundo irreal, inimaginable.

Se unió a Homero, Tor, Érika, Alaín, Selene, Indra y Yanira, quienes de nueva cuenta fueron encabezados por Pancho, aquel entonces adolescente hijo de una curandera de la localidad, que ahora también los llevó por un camino sinuoso y que solo él conoce para adentrarse en cuevas, grutas y túneles sin fin.

Ahora convivirá con aquellos seres etéreos, siempre bajo la protección de Tonantzin, entre ellos Mictlantecuhtli, Tláloc, Huitzilopochtli, Coatlicue, Xiutecutli, Quetzalcóatl, Chicomecóatl, Tlamacazqui, Chalchiutlicue, Xipe Tótec, Coyolxauqui, Temazcalteci, Tzaputlatena, Tlazultéutl, Cihuapipilti, Xucotzin, Teicu, Tlaco, Xucotzin, Xochipilli, Omácatl, Ixtlilton, Opuchtli, Yiatecutli, Napatecutli, Acolua, Tlilua, Pantécatl, Izquitécatl, Tepuztécatl, Umetuchtli y Coluatzíncatl, así como tlaloques y muchos dioses más.

Llegó a la que será su morada final y conocer el secreto del Tepozteco le permitirá mantener vivo su espíritu prehispánico.

José Agustín ya entró y vivirá para siempre, para la eternidad, en la panza del Tepozteco.