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Ernesto Canto, el silencio del héroe
Foto de COM

El domingo de 1983 en el que se convirtió en campeón mundial de atletismo, el mexicano Ernesto Canto esperó a que el sol se pusiera en el medio del cielo, entonces dejó de hablar y se vio medallista de oro, de momento solo en su mente.

Este sábado, en el primer día sin su presencia física, Canto es recordado como el único atleta olímpico de México que ganó todos los títulos posibles de su deporte y sobre todo como un hombre con una ética de monje y fuerza mental casi metálica.

Aunque lo ubican más por ganar la medalla de oro en la marcha de 20 kilómetros de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, se dio a conocer al conquistar la Copa del Mundo de Valencia de 1981, Canto empezó a ser considerado como una leyenda del atletismo, al ganar los Mundiales de Helsinki, el domingo 7 de agosto de 1983.

Fue el antes y el después del héroe, que al morir este viernes por complicaciones de un cáncer de hígado y páncreas ha dejado en el deporte mexicano un silencio con los colores del dolor.

El día antes de entrar a la historia en la capital finesa, Ernesto cenó con su amigo Martín Bermúdez, se fue a la cama como a las 11 de la noche y durmió 10 horas. El domingo hizo un almuerzo, y a partir de la siesta se quedó solo con él mismo, el rival más duro de su carrera deportiva.

Hace unas horas el campeón salió de su cuerpo por última vez. Lo solía hacer cuando hacía alardes de concentración, como el día en que se convirtió en el primer campeón mundial del atletismo moderno. Meditó, se imaginó envuelto en una luz y medallista de oro. Luego puso en escena el guión.

Fue de los primeros en registrarse y ya en la competencia salió adelante. En el kilómetro 15 quedaban ocho punteros, en el 17 eran cuatro. Antes de entrar al túnel del estadio, Canto iba delante, pero creyó que le quedaba una vuelta al circuito y al seguir de largo, perdió la ventaja sobre el checo Josef Pribilinec.

El momento, uno de los más dramáticos del deporte mexicano, le sirvió a Canto para hacer un alarde de fuerza mental y física. Un minuto después recuperó la punta y ganó la el oro con 1h 20:49, en la primera final de los primeros Campeonatos Mundiales.

Un año después conquistó el oro olímpico delante de su compatriota Raúl González y completó el círculo virtuoso de su deporte, al hacerse del título en la última competencia que le faltaba, luego de haber reinado en los Centroamericanos y del Caribe de La Habana 1982 y los Panamericanos de Caracas 1983.

“Yo nunca miraba para atrás. Eso fue clave; mirar para atrás es dar una señal de debilidad al rival y en la marcha lo mental es decisivo“, dijo hace años, cuando le preguntaron por una cualidad suya de las que no salían en los diarios.

Fue plusmarquista mundial de los 20 kilómetros con 1h 18:40, en mayo de 1984 en Noruega, y murió convencido de que lo mandaron a matar, deportivamente hablando, cuando defendió su título mundial en Roma 1987 y el olímpico, en Seúl 1988 y lo descalificaron.

Da igual. Ernesto Canto no necesitaba esos triunfos para quedar en la historia como una leyenda, agrandada este sábado, en su primer amanecer con un silencio que impedirá volver a escuchar los latidos de su buen corazón, aquella música que le marcó el paso en los días duros.

Con información de EFE