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El hombre que miraba al cielo: Fernando Valenzuela
Foto de Dodgers.

Por: Claudia Amador

Era 1977 cuando un joven lanzador mexicano pisaba por primera vez el estadio Gilberto Flores Muñoz, en Compostela, Nayarit. Nadie imaginaba que aquel muchacho, contratado por apenas 250 dólares para su primera temporada, se convertiría en una leyenda del béisbol a la que este martes despedimos.

Apenas dos años después, los Cazadores ya celebraban al Novato del Año de la Liga Mexicana de Béisbol. Fue entonces cuando el destino tejió sus hilos: Camilo “Corito” Varona, legendario cazatalentos cubano, que buscaba más bien un shortstop, observó algo especial en aquel pitcher cuando lo vio jugar como lanzador prestado para los Leones de Yucatán. “Corito” de inmediato alertó a Mike Brito, el hombre que más tarde se haría famoso por aparecer siempre detrás del “home” con su “pistola” de velocidad, midiendo los lanzamientos de quien sería conocido como “El Toro” de Etchohuaquila, diciéndole que era el “hombre que necesitamos”.

El arma secreta de Fernando era el “screwball” (tirabuzón), un lanzamiento que lo catapultaría a la fama y del que muchos de sus rivales se quejaban amargamente.

Tras firmar con los Dodgers, la buena ventura le tenía preparado un momento estelar al final de la temporada de 1980, cuando debutó contra los Bravos de Atlanta con la bendición de Tom LaSorda.

Pero 1981 fue el año que lo cambió todo. En sus primeras ocho aperturas, Valenzuela estableció una marca histórica: 8 juegos ganados, ninguno perdido y 5 blanqueadas, pulverizando un récord que había permanecido intacto durante 45 años. La “Fernandomanía” había nacido.

Fue en la Serie Mundial de 1981 donde “El Toro” escribió su nombre en la historia del beisball con letras de oro. Con los Dodgers abajo 0-2 contra los Yankees de Nueva York, Fernando tomó la batuta en el tercer juego. “Haz lo que puedas”, dicen que le dijo Tommy LaSorda. A lo que él respondería: “Es lo que he estado buscando”. Durante nueve entradas completas, dominó con maestría: cuatro carreras, nueve hits, siete bases por bolas y seis ponches. Se convirtió en el primer mexicano en iniciar y ganar un juego de Serie Mundial, además de ser el único hasta la fecha en lanzar un partido completo en el Clásico de Otoño. Toda una hazaña.

Pedro “El Mago” Septién, cronista televisivo que narró el partido junto con Jorge “Sony” Alarcón y Toño de Valdés, tras la victoria en aquel memorable tercer juego le dedicó estas palabras: “Toro Valenzuela, eres en el béisbol oro, mezquita y basílica, suena esto a mariachi, a jarabe, copal y cera, eres un jugador que tiene el pincel en la mano y la luz en el alma, nunca olvidaremos esto”. Y el presagio se cumplió.

Ese mismo año mágico de 1981, Fernando coronó su felicidad casándose con Linda Burgos, una maestra de escuela con quien formaría una familia de cuatro hijos. La boda, apadrinada por su manager Tom LaSorda, evento tan significativo que fue televisado en México, rompiendo el corazón de innumerables chiquillas que se hacían aficionadas “al beis” gracias a la “Fernandomanía”.

Su personalidad era única: una seriedad pasmosa, una serenidad envidiable y una sonrisa cálida que apenas se asomaba, incluso en medio de la más grande algarabía. Los Ángeles lo amó tanto que el ayuntamiento declaró el 11 de agosto como el Día de Fernando Valenzuela.

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Tras colgar los spikes en 1997, “El Toro” regresó en 2003 a la organización de los Dodgers como comentarista de radio para las transmisiones en español.

Su legado incluye el premio Cy Young en 1981, cinco participaciones en Juegos de Estrellas y su ingreso a múltiples Salones de la Fama, incluyendo el Hispanic Heritage Baseball Museum Hall of Fame (2003), el del Béisbol Latino en República Dominicana y el del Caribe en Puerto Rico.

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EFE/ Isaac Esquivel

En 2023, el reconocimiento llegó a casa: el Estadio Sonora de Hermosillo, sede de los Naranjeros, fue renombrado como Estadio Fernando Valenzuela, un tributo perfecto para quien revolucionó el béisbol mexicano y conquistó los corazones de aficionados en ambos lados de la frontera.

Aquel joven que comenzó con un contrato de 250 dólares se convirtió en una leyenda viviente, un símbolo de excelencia y perseverancia, y un orgullo para México y el béisbol mundial.

Este es, pues, un adiós para el hombre que miraba al cielo.