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La frontera sur de México es todo lo contrario que la frontera norte. Abajo predomina el color verde y el agua es abundante. La presencia del Estado mexicano es intermitente. No hay grandes cadenas de restaurantes ni una vibrante cultura de frontera. Hace falta infraestructura y se echan de menos grandes centros de población.

La línea que nos separa de Guatemala y Belice tiene 800 kilómetros. Se dice que esta frontera es porosa porque somos dados a los eufemismos. La realidad es que la frontera sólo existe a plenitud en los mapas. Hay alrededor de 400 cruces ilegales desde Guatemala hasta México. Por ahí pasan casi libres coches, peatones, animales, bienes ilícitos y drogas.

La frontera sur se distingue de la frontera norte, también, por la poca atención que nos ha merecido. La obsesión con la línea del norte contrasta con la indiferencia hacia la del sur: ésa es una preocupación para Guatemala y otros países de América Central… incluso una obsesión para Trump. Para México es otra cosa: una parte del territorio que no ha cabido bien en ninguna política pública. No funcionan plenamente la seguridad ni la política social, pero florece una actividad económica donde uno de los mejores negocios es el contrabando.

Entre el 2014 y 2018, más de 1,000 personas diarias, en promedio, entraron por algunos de esos 400 pasos ilegales, rumbo a Estados Unidos. Los números se conocen por las detenciones que realizaron las autoridades estadounidenses, pero México carece de registros sobre las personas que atravesaron desde el sur nuestro territorio, ¿quiénes son?, ¿cuánto tiempo duraron en México?, ¿qué hicieron aquí?, ¿tienen profesión u oficio?, ¿tienen antecedentes penales?

Los números se dispararon desde octubre del 2018. El alza se detonó, entre otras cosas, por una crisis política y económica en Honduras, vinculada a la caída del precio del café. Desde marzo del 2019, son más de 103,000 detenidos en la frontera sur de Estados Unidos, de los cuales 15% son mexicanos. En mayo, se alcanzó un récord absoluto; 144,278 personas detenidas. Este número, más algunas imágenes en Fox News provocaron la ira de Donald Trump y sentaron las bases para la amenaza de los aranceles.

El gobierno mexicano tiene 45 días para dar pruebas a Trump de que está haciendo algo efectivo para resolver la crisis. Está claro que resolver quiere decir: hacerlo en los términos que Estados Unidos decida. Es contrario a derecho y atenta contra nuestra dignidad, pero no es el fin del mundo. Quizá, en esta exigencia externa, haya una oportunidad para hacer algo que nunca habíamos hecho: tener una frontera sur que funcione y sea ejemplar. Eficiente para el comercio, segura contra el crimen e inteligente para resolver situaciones humanitarias. No será fácil lograrlo. Cuesta mucho dinero y estamos contra reloj, con una pistola comercial en la cabeza.

Seamos honestos: Hablamos de la frontera sur porque el señor Trump nos obligó a hacerlo. El gobierno de AMLO tenía muchos planes para el sur, pero no había nada concreto para corregir esa frontera que lleva décadas sin funcionar. Su visión de lo que impulsaría al sur rebosaba proyectos faraónicos, como el Tren Maya y la refinería Dos Bocas. Las amenazas nos dan una oportunidad: hacer una frontera que trascienda lo que Trump nos exige, que sea un detonador para el desarrollo del sur, más que un tapón contra Centroamérica.