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Dicen que Napoleón le decía a su valet cuando lo vestía: “Despacio que voy de prisa”.

La política es el reino por excelencia de la prisa, de las urgencias de cada día, de las respuestas a lo inesperado.

La política es también el reino del cálculo y del conocimiento del tiempo, de los tiempos en que vive el político, del alcance que tienen en el tiempo sus decisiones.

La prisa empieza a ahogar al nuevo gobierno, junto con la certeza de que su proyecto no tiene errores.

No hay lugar a las dudas en la prisa del nuevo gobierno, no hay tiempo para ellas, y eso hace más atropellado el camino.

La prisa impone un ritmo que impide pensar, pero el corazón de la sabiduría política es pensar lo que se hace mientras se hace y tomarse el tiempo necesario para hacer.

El éxito ha puesto sobre el nuevo gobierno una tentación fáustica, hija de la prisa. El presidente López Obrador nunca creyó cuando candidato que tendría el poder que le dieron los electores y el que pudo capturar, una vez electo, de adversarios débiles y debilitados contrapesos.

Cuando era candidato, veía su triunfo sin mayoría en el Congreso. Dijo entonces que gobernaría sin cambiar las leyes.

Cuando vio caer en sus manos la mayoría inesperada en el Congreso, cambió de la resignación a la ambición de legislarlo todo, reformarlo todo, reescribirlo todo.

La prisa es mala consejera, dice el dicho, y lo ha sido para el nuevo gobierno, que ha ganado mucho espacio, pero está ahora bajo el mandato perentorio de la prisa.

La prisa le dice al nuevo gobierno todos los días que si no aprovecha las ventajas que hoy tiene para cambiarlo todo, habrá perdido la oportunidad de cambiar todo lo que quiere.

El nuevo gobierno está en plan trata de cambiarlo todo, ahora que puede. No, tiene tiempo para decir a sus colaboradores: Despacio que voy de prisa.

Les dice contrario, todos los días: “Si ustedes quieren que esto cambie para siempre hay que cambiarlo rápido, mientras podemos”.

Demasiadas prisas para demasiados cambios. La prisa de la hora es el barullo.