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Oficializar a los héroes para legitimar gobiernos es una manera de falsearlos con hongos retóricos que luego hay que limpiar para ver la planta verdadera.

Esto último es lo que hizo John Womack en los 60, con el Zapata y el zapatismo que los “gobiernos de la revolución” habían vuelto una red de clientelismo rural llamada Reforma Agraria.

Los esfuerzos de Andrés Manuel López Obrador para ponerse bajo el ejemplo de Emiliano Zapata falla por un lado irrebatible: Zapata nunca quiso a los gobiernos.

Desconfió de la silla presidencial al punto de rehusar sentarse en ella, y desconfió con el alma de lo que llamaba los políticos de banqueta: “Yo de que me subo a las banquetas hasta me quiero caer”.

Dígase lo que se diga, el nuevo gobierno es un gobierno, su Presidente está sentado en la silla del águila y lo rodea un primer círculo de políticos y políticas de banqueta, entre otras cosas porque el país se ha llenado de banquetas y porque los pueblos sin banqueta son minoría en la República, al revés de la época de Zapata en que eran la excepción.

Diría que hay una remota pero elocuente sintonía histórica en el hecho de que las distintas confesiones y siglas zapatistas del país le hayan hecho algunos feos al nuevo gobierno ayer, en el día del cien aniversario del asesinato de Zapata.

El Presidente tuvo que conformarse con un acto público en Cuernavaca, porque en el mero pueblo histórico de Anenecuilco y en el mero lugar del asesinato no estaba el horno para bollos.

Había ahí otro asesinado que velar, Samir Flores, el líder de un movimiento contra una termoeléctrica que según los pueblos desgraciará el agua de Morelos.

Ahí sí que hay algo profundo del zapatismo original: la rebeldía contra cambios que los promotores ven como modernización y los lugareños como despojo.

En los días de Zapata la modernidad eran las haciendas azucareras que crecían a costa de las tierras de los pueblos. Hoy es la termoeléctrica de Huesca que funcionará a costa del agua de la región.

Ya hemos oído al Presidente llamar conservadores a los pueblos, y a los pueblos llamarle mal gobierno al gobierno.

Vieja nueva historia zapatista.