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A sus 90 años de vida, el PRI luce cansado y con un futuro incierto. Si opta por gravitar en la órbita de Morena, estará condenado a ser un partido marginal. Solo podrá aspirar a jugar en las ligas mayores si se define clara e inequívocamente como una oposición real.

El escenario se complica porque el PRI está frente a un partido hegemónico que le deja muy poco espacio para resurgir. Morena es, en muchos sentidos, lo que el PRI fue en sus mejores tiempos, con la ventaja de ser una organización de nueva creación.

Por eso resulta tan complicado consolidarse desde el flanco de centro-izquierda, en la lógica del viejo nacionalismo revolucionario. El PRI tendría que esperar pacientemente a que Morena se desmorone. La izquierda en México creció, en parte, al apropiarse de las maquinarias y los electores del PRI. Nada impide un movimiento en sentido inverso, pero el giro podría llevar décadas.

Las encuestas muestran que buena parte de los electores del PRI ya están del lado del presidente Andrés Manuel López Obrador. Y la lógica de la política social del nuevo gobierno probablemente afianzará el respaldo de muchos de ellos.

Un camino muy distinto para el PRI sería desplazarse a la derecha. Aunque este planteamiento eriza a muchos priistas, lo cierto es que con un PAN todavía aturdido y con un electorado de clases medias y altas que no se siente cómodo con el nuevo gobierno, el espacio en este lado del espectro ideológico luce más amplio.

No hay que olvidar que desde hace casi tres décadas el PRI abrazó a los tecnócratas, impulsó políticas neoliberales y se alió con el empresariado. No es casualidad que, en las encuestas, los electores ubiquen al PRI tan a la derecha o más que el propio PAN.

Un movimiento en esta dirección no sería imposible para el PRI y ni siquiera resultaría extraño. Sin embargo, ese rumbo tampoco está exento de riesgos. La fractura es uno de ellos.

La encrucijada es extraordinariamente compleja, pues no se advierte en el horizonte del PRI ni ruta franca ni trecho corto. Tendrá que escoger entre su zona de confort, el nacionalismo revolucionario, o ser más osado y apostar por la derecha. En ningún caso será sencillo.