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Si las decisiones de consumo no fueran un asunto de emociones, simplemente no existiría la publicidad como la conocemos. Bastaría con enumerar las características de los productos en una lista en blanco y negro, sin recurrir a modelos ni a estereotipos del éxito.

Si los consumidores mexicanos que son encuestados por el Inegi y por el Banco de México, para elaborar el Indicador de Confianza del Consumidor (ICC) respondieran con base en un análisis de indicadores macroeconómicos y hasta sectoriales, seguramente presentaría otros resultados.

Pero el factor humano está, afortunadamente, presente en las actividades económicas. Desde el que se siente repentinamente impulsado a comprarse una paleta de hielo por el simple antojo, el que se enamora de un automóvil y lucha por comprárselo o bien el inversionista que siente que es el momento de meter recursos en instrumentos de renta variable.

Tomar decisiones con información objetiva es una manera de equivocarse menos. Como aquel que reconsidera usar el crédito al consumo por el incremento en las tasas de interés. O el que atiende la baja en las expectativas del crecimiento económico, que podría llevarlo a tener menos ingresos o quizá hasta caer en desempleo.

Si algunos hacen caso a los reportes de pérdidas del comercio y la industria como consecuencia del desabasto de gasolinas, de los bloqueos en las vías férreas, a las huelgas inducidas en la industria maquiladora o si revisan las previsiones de Citibanamex que apuntan a una posible recesión este año, seguro responderán en la encuesta del ICC que la situación actual y futura de la casa y el país empeorará.

Otros podrían ver el reporte inflacionario del Inegi de ayer y entonces sentirán que la economía va mejor, que las presiones inflacionarias están cediendo y que ese 4.37% de inflación anualizada al cierre de enero pasado apunta a una moderación el resto del año de la política monetaria y, por lo tanto, responderían a los encuestadores que tienen una mejor perspectiva para comprar algún bien duradero.

Pero vamos, la realidad es que no parece haber mucha reflexión entre los encuestados para elaborar el ICC. Parece haber una emoción que puede rayar en un acto de fe.

El índice de confianza empresarial, la percepción de los analistas del sector privado y otras encuestas entre expertos en temas económicos y financieros no muestran para nada el optimismo de los consumidores.

El repunte de 11.1 puntos en el ICC en un año y el impactante despegue de 24 puntos en la pregunta sobre la expectativa de la situación económica del país dentro de 12 meses van en sentido contrario de los indicadores y del sentimiento de los expertos.

Por eso, más que cruzar los datos del ICC con los resultados macroeconómicos de este inicio de año, hay que empalmar las gráficas de la confianza del consumidor mexicano con la popularidad presidencial. Ahí hay una coincidencia en las trayectorias.

La verdad es que es muy positivo que haya consumidores motivados, porque eso incentiva la actividad económica. Pero del otro lado, puede generar frustraciones al momento que se compruebe que dentro de un año la economía no va a estar mejor.

Cuando ocurra, no bajará la popularidad presidencial, más bien subirán los índices de encono en contra de los enemigos elegidos por el régimen y a los que se responsabilizará en su momento de impedir los nobles planes expansivos de la 4T.