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¿Cómo culpar a alguien que se sienta enfadado por la simple presencia arrogante de Donald Trump frente al Congreso de su país al rendir un informe del estado de la nación?

Ni es empático y vaya que tiene antecedentes como para estar condicionado a que caiga gordo.

Pero la verdad es que el Trump que vimos este martes frente a los legisladores federales de su país ya no tiene el mismo nivel de belicosidad verbal del recién electo, o recién inaugurado, presidente estadounidense.

Hay que entender que personajes que tienden al populismo, de derecha o de izquierda, necesitan crear enemigos para contrastarse todo el tiempo. ¡Vaya que de eso sabemos mucho por acá! Y Donald Trump alimenta ese maniqueísmo con algunos villanos externos.

En materia comercial, con Europa y los socios norteamericanos desarmados, China es un enorme molino de viento para que el quijote republicano se pueda batir y complacer a sus seguidores.

Claro que China es el gigante capaz de aplastar las finanzas estadounidenses, pero en materia comercial sí hay algo de razón en la histriónica lucha de Donald Trump.

El otro enemigo no es México, es la frontera sur. Ha generado imágenes de una tierra de nadie en donde prevalece una crisis migratoria, en una zona por la que cruza todo el crimen que azota a su país, por donde se filtran todas las drogas que envenenan a sus inocentes ciudadanos. En fin, una mala caricatura para un público ignorante y visceral.

Claro que son eufemismos, porque la frontera sur es la frontera con México. Pero en política, y más en la que hace tan agresivamente Donald Trump, las formas cuentan.

En su discurso del estado de la nación, Donald Trump realmente nunca atacó a nuestro país. Bajo la óptica estadounidense de independencia de los estados y hasta de las ciudades, dijo que algunas ciudades mexicanas estaban despachando en autobuses a los migrantes centroamericanos a la zona fronteriza. Cuidó mucho no responsabilizar al gobierno federal.

Se le ha visto muy cauteloso en su relación con México y esto puede ser producto de todas las concesiones que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador parece estar haciendo en materia de migración.

A pesar de lo que pretenda argumentar la cancillería mexicana, la realidad es que nuestro país ha asumido el papel de tercer país seguro para recibir a cuanto extranjero quieran mandar las autoridades de Estados Unidos para que esperen la respuesta a sus peticiones de asilo de este lado de la frontera.

Hoy México expide con gran facilidad visas migratorias para que se queden los centroamericanos en nuestro territorio y esto es música para los oídos de la Casa Blanca.

Donald Trump insiste en la construcción de su muro, pero ya abandonó el discurso de que México va a pagar por él. Logró colocar una figura retórica en la que México ya pagó el muro con un acuerdo que ni siquiera está aprobado por su Congreso. Pero así hay que dejarlo.

Y, por cierto, desde la tribuna más alta del Capitolio de Washington, Donald Trump pidió la aprobación del acuerdo que llamamos T-MEC. Para ello, el presidente estadounidense se echó sus mentiritas, como aquello de que el acuerdo sustituto del desastroso Tratado de Libre Comercio de América del Norte provocará el regreso masivo de inversiones a Estados Unidos. Falso.

Podría no ser el T-MEC, sino otros factores internos que ahora desaniman a los capitales para quedarse en México, pero también ahí cuidó de no golpear a este país.

En fin, Donald Trump siempre podrá aparecer como difícil de digerir, pero hay que reconocer que se ha moderado significativamente en sus ataques a este país.