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Cuando Donald Trump iniciaba su mandato como presidente de Estados Unidos, lo hacía con una serie de ideas retrógradas en la cabeza que quería implementar a como diera lugar. Muchas de ellas en materia comercial.

America First. Ésta fue una de sus frases favoritas para invocar un proteccionismo con el que pretende, hasta la fecha, sustituir importaciones para que se consuma preferentemente lo hecho en Estados Unidos y dejar de importar una larga lista de productos del mundo.

Afortunadamente para Estados Unidos ése es un país de instituciones, donde la voz del presidente no es la única que se escucha. Desde organizaciones empresariales, de productores agropecuarios, hasta integrantes de su propio partido político, el republicano, hacen valer su voz de sensatez ante la disonancia cognitiva evidente de su presidente.

Hay quien entiende que ese proteccionismo causó hace 90 años la gran recesión mundial y actúan en consecuencia.

Sin embargo, el poder del presidente de Estados Unidos sí alcanzó para invocar una vieja disposición legal de la época de la Guerra Fría para aplicar aranceles al acero y al aluminio en el nombre de la seguridad nacional, pero ya no fue suficiente su poder como para aplicar la misma medida a los automóviles.

Ese círculo de contención en torno a Trump alcanzó para hacer del inminente final del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, un refrito menos completo pero suficiente al que acá le queremos llamar T-MEC.

México es mucho más vulnerable ante ese tipo de actitudes radicales. En este país sí puede ocurrir un “México Primero”, al estilo America First, porque las instituciones tienen más dificultades para contener un deseo presidencial y su primer círculo no tiene la claridad y la valentía suficientes para evidenciar ante tal poder presidencial que se puede equivocar en sus apreciaciones.

Por eso es que la cancelación del aeropuerto de Texcoco es mucho más que miles de millones de pesos perdidos y un retraso aeronáutico histórico para el país. Es la muestra de que no importa la lógica, el sentido común y la opinión generalizada de los verdaderos expertos. Ante una decisión unipersonal de alguien con el poder de Andrés Manuel López Obrador no hay nada que hacer.

La tolerancia social ante tal aberración, el mínimo impacto de las voces opositoras, fue como un ejercicio de prueba para ir más allá. Hay que recordar que el actual gobierno decidió cancelar el aeropuerto en construcción antes de asumir el poder formal.

Lo que para el mundo financiero fue el error de octubre, para el gobierno entrante fue el ensayo de otoño y les salió a la perfección.

Compras directas sin licitación, designaciones repletas de conflictos de interés, decisiones radicales que han causado pérdidas millonarias, manejo total del Poder Legislativo, impunidad garantizada para grupos afines, tolerancia ante dictadores, intervenciones directas en la decisión de otros poderes. Una lista larga para un lapso tan breve.

La siguiente escala es un Mexico First empezando por el azúcar. No parece haber en el discurso del presidente López Obrador sobre el tema una comprensión de lo que implica la cadena caña-azúcar-alcohol, sino específicamente la función endulzante de este producto.

Del otro lado de la frontera norte hay alguien con su America First suplicando que alguien le declare una guerra comercial para desatar su furia proteccionista y no hay como la industria azucarera, que tantos antecedentes de conflicto tiene en la relación bilateral, como para prender la chispa.