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La llegada de un nuevo presidente siempre ha generado expectativas,
unas más altas que otras, pero sin lugar a dudas, el arribo de Andrés Manuel
López Obrador se acompaña de una esperanza, como nunca antes vista, de que
las cosas mejoren. El sentimiento abreva no solo del anhelo de una contundente mayoría de mexicanos, también de fijaciones históricas en la cultura política de muchos, habida cuenta que el sentido de ciudadanía es un déficit de nuestra democracia y esto recorre todo el tejido social: ricos, pobres; ilustrados o poco instruidos; jóvenes o viejos. Buena parte de la sociedad vive un momento semejante al del inicio de la primera alternancia, cuando se pensaba que por el solo hecho de que perdiera el PRI el país iba a ser otro. Hay júbilo y optimismo aún en medio de las dificultades que ya se presentan, y el Presidente tiene un hábil manejo de las emociones y de los símbolos para mantener ese estado de ánimo.

El nuevo gobierno tiene en la gente viento a su favor, pero la energía social del momento debe ser vehículo para cambiar. La cuestión es que la transformación que más se requiere es la que empieza en los individuos; cuando éstos se asumen como actores de su propia circunstancia y destino; cuando se entiende que, aunque haya a quien culpar, nada se resuelve si uno mismo no participa en la solución. Precisamente por ello el riesgo del asistencialismo, una forma de condena a permanecer en minoría de edad. Cierto es que toda persona tiene derecho a un piso básico de bienestar y es ese uno de los grandes desafíos del Estado, pero las políticas sociales focalizadas son las que se requieren. Apoyar más a quien necesita más y, sobre todo, cultivar el sentido profundo de la dignidad personal, que es el aliento a la superación a partir del propio esfuerzo.

El gobierno ha iniciado en condiciones singulares. El cambio es realidad y es
profundo; esto no quiere decir que sea virtuoso en todo. Debe preocupar la exigencia de muchos de que el bienestar se manifieste de manera inmediata; también la impaciencia a partir del aprendizaje propio de todo gobierno que inicia. Por eso, desde el poder, debe entenderse que la crítica contribuye al buen gobierno, más cuando es
honesta, valiente e informada.

Al igual que los meses previos a la toma de posesión, en el arranque de la administración de todo ha habido. Los afines vuelven aciertos todo, incluso los errores, y para los opositores todo está mal. No se puede transitar venturosamente al futuro en el desencuentro de unos y otros. Se debe entender que la contienda ya terminó, sobre
todo en quienes han ganado el poder y ahora tienen la tarea de gobernar para el bien
general.

Los cambios que se pretenden requieren de método y tiempo. Aunque la determinación del líder es un factor importante, el voluntarismo no es eficaz para hacer realidad los propósitos y las metas. Es cierto que la
corrupción es uno de los males más serios del país, pero abatirla requiere de instituciones, reglas, procedimientos y todo aquello que parece a ratos fastidiar a quienes ahora gobiernan. Hay que entender los incentivos que subyacen en el fenómeno para actuar sobre sus causas. Una prédica moral es
válida, pero en la realidad actual resulta insuficiente. No hay que idealizar a la
condición humana, mejor partir de sus debilidades y actuar para que lo positivo
prevalezca sobre lo negativo.

Lo que más preocupa en estos primeros días de gobierno ha sido la economía. Las
decisiones y los mensajes han minado la confianza de los inversionistas de por sí
afectada por la cancelación de la obra del aeropuerto de Texcoco. También existen
dudas sobre el financiamiento de los compromisos suscritos el 1 de septiembre, así
como el efecto que pudieran tener ciertas decisiones como es la propuesta de un
régimen económico y fiscal especial para la zona fronteriza del norte del país.

Es deseable que las propuestas, una vez conocidas y procesadas tengan las virtudes que se asumen justo para atender el sentimiento de esperanza que prevalece en amplísimos sectores, sobre todo en aquellos a los cuales los temas económicos no le representan mayor cosa y seguirán exigiendo resultados independientemente de esos
factores, que ven de suyo distantes a su realidad.

La confianza es un intangible de la mayor importancia. El país ha pagado muy caro el
desdén de los gobiernos a ese activo. Esto es imprescindible hasta para lograr el modesto 2 por ciento de crecimiento de los últimos años.

El pronóstico para 2019 no es muy halagüeño, al menos respecto al objetivo de
alcanzar 4 por ciento de crecimiento ofrecido por el gobierno de la cuarta transformación.

Cierto es que abatir la impunidad y la corrupción son un elemento que
mucho contribuye a la promoción de la inversión privada, pero también se
requiere de certeza de derechos y la convicción inequívoca de que las autoridades entienden las reglas del juego de la economía.

@liebano