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En uno de esos recorridos de Andrés Manuel López Obrador entre su residencia y la llamada casa de transición, un par de mujeres se interpusieron en el paso del subcompacto blanco en el que transportan al virtual presidente electo.

El automóvil paró la marcha y una de las dos mujeres, en silla de ruedas, estiró la mano para tocar a López Obrador. Su cara fue de éxtasis, de una enorme emoción, como si realmente esperara levantase de esa silla y caminar.

Este episodio, como tantos otros, quedó consignado gracias a esa extraordinaria cobertura que hacen los medios de comunicación de cualquier traslado, declaración o guiño que hace el ganador de la elección presidencial.

La fascinación de la señora en silla de ruedas es la misma que la de un reportero que extiende el micrófono y consigue unas palabras de López Obrador. Lo que diga es lo de menos, lo importante es conseguir ese momento exclusivo entre el periodista y el que será el próximo presidente.

Con esa misma devoción diferentes actores económicos y políticos buscan un encuentro con el ganador de la elección. Todos buscan que este hombre con el gran poder, que acumuló luego del 1 de julio, apruebe un plan en su beneficio.

Está claro que no podrá quedar bien con todos sus interlocutores. Ya se escuchan reclamos de algunas organizaciones sociales que reclaman no haber sido atendidos antes que los grandes empresarios.

No hay que olvidar que entre sus más fervientes apoyadores hay grupos radicales que nunca van a cambiar.

A la casa de transición llegan algunos viejos compañeros de lucha que buscan posiciones de gobierno, quizá ya no para ellos, pero sí para sus hijos.

Hay dirigentes empresariales que extienden la mano para cerrar un trato de un programa que no conocen, pero a cambio han recibido la promesa de incentivos fiscales.

Los representantes patronales más reacios con López Obrador van a sucumbir pronto cuando les prometan un aumento al salario mínimo, como lo han prometido por años.

Los gobernadores se cuadran, porque la atrofia tributaria local los obliga a vivir del presupuesto federal y por lo tanto juran obediencia.

Y los diputados y senadores que formarán mayoría simplemente acuden a recibir instrucciones legislativas que deberán asumir sin chistar y rapidito tan pronto como inicie la siguiente legislatura.

Estas procesiones ante el gran líder se dan antes de que haya iniciado el proceso de sucesión. Antes de que formalmente Andrés Manuel López Obrador haya sido declarado presidente electo y por lo tanto pueda oficialmente sentarse con el gobierno saliente a recibir la administración pública. Antes pues, de que conozca la casa por dentro.

Nunca como ahora se demuestra que esos cinco meses que pasan entre el día de la elección y el momento de la toma de posesión es un mundo de tiempo que acaba por ser perjudicial para todos.

La parálisis que este aplastante triunfo ha provocado al actual gobierno se complementa con la imposibilidad real de los que vienen de tomar decisiones serias.

Y lo que sí hace el equipo de los vencedores es acumular enormes costales de compromisos que tendrán que asumir a partir del 1 de diciembre.

La pregunta es si habrá el tiempo, los recursos y hasta los puestos burocráticos suficientes para satisfacer a todos los que ahora van en procesión al templo de la transición para pedir favores al virtual presidente electo… y si los consiguen.