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En los terribles años 70 y 80 la economía de este país estaba centralizada, el Estado intervenía en actividades productivas y lo hacía de una manera fatal. Fallaba en su papel de regulador y promotor del resto de los agentes económicos. Y como colofón, políticos con escasa idea del manejo financiero tomaban decisiones que acabaron por provocar crisis tan terribles que hoy se siguen pagando.

Luis Echeverría acuñó aquella frase de que la economía se maneja desde Los Pinos. Desafortunadamente, estas palabras fueron acompañadas del lamentable despido del secretario de Hacienda, Hugo B. Margain, a quien se le ocurrió proponer una reforma fiscal para reequilibrar las alicaídas finanzas públicas.

Y Echeverría se llevó la delicada toma de decisiones financieras a su oficina y para ello nombró a su amigo de la infancia como nuevo secretario de Hacienda. Su cuate se llamaba José López Portillo y sabemos muy bien el desastre que armaron esos dos personajes con la economía y la estabilidad de este país.

Mucho ha avanzado la institucionalización del manejo fiscal y monetario del país desde esos tiempos. Hay un servicio profesional de carrera, hay autonomía del Banco de México. Pero siempre habrá espacio para las tentaciones absolutistas que quieran regresar el control del manejo económico a los intereses personalísimos de un gobernante que no sepa.

En lo que va de este siglo, los secretarios de Hacienda han gozado de una autonomía de gestión evidente. Claro que el presidente de la República es el jefe, pero al menos los cuatro últimos presidentes han dado espacio a sus titulares de Hacienda.

Ernesto Zedillo le dio tanto espacio a su primer secretario de Hacienda que cometió el error de diciembre. Sin embargo, a ese buen expresidente se le debe la autonomía del Banco de México entre muchas otras mejoras económico-financieras en el país.

Vicente Fox, que tan poca idea tenía de tantas cosas, tuvo la virtud de dar autonomía de gestión a su secretario de Hacienda, Francisco Gil Díaz, quien tuvo que hacerse de su lugar portando su carta de renuncia bajo el brazo todo el día. Logró tanta independencia que se le consideraba como una especie de vicepresidente.

Felipe Calderón inició muy bien con el nombramiento de Agustín Carstens como secretario de Hacienda; fue en sí mismo un mensaje de enorme solidez, porque este reputado personaje no se iba a dejar presionar con fines político-electorales.

Fueron también épocas en que se notó que la autonomía del Banco de México era real. Calderón se peleó tanto con el entonces gobernador del banco central, Guillermo Ortiz, que no lo ratificó en el cargo. Carstens fue propuesto y designado como titular de Banxico.

Por su parte, Enrique Peña Nieto nombró a un personaje cercano como primer secretario de Hacienda, ciertamente se notó un manejo, digamos, holgado de las finanzas públicas que acabó por descomponer los equilibrios. Sin embargo, su siguiente secretario, de nombre vetado por la veda electoral, rebalanceó rápidamente las finanzas.

No puede, bajo ninguna circunstancia, perderse la autonomía de facto de los expertos en finanzas en el manejo fiscal. Quien quiera que llegue a la Secretaría de Hacienda deberá tener la autoestima suficiente como para no aceptar malos consejos desde la Presidencia.

De lo contrario, los mercados los castigarán literalmente en segundos y con consecuencias nefastas para todos.