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Cada declaración, cada tuit de Donald Trump dejan muy claro que el presidente de Estados Unidos obtiene sus triunfos con el aplastamiento del contrario.

La historia de su vida de empresario está llena de eso, de aplastar a las ciudades donde construye con quitas de impuestos, de aplastar a los bancos con renegociaciones, de aplastar por placer a los concursantes de su reality show. Ahora, desde la presidencia, de tundir a sus socios comerciales, rivales militares o cualquiera que vea como enemigo.

De los dirigentes radicales hay que esperar acciones radicales, no siempre en el camino correcto y Donald Trump está en esa ruta.

Dijo el presidente de Estados Unidos, cuando nos llamó malcriados a mexicanos y canadienses, que al final de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) ellos ganarán.

Bajo esta visión de vencedores y vencidos, el presidente de Estados Unidos busca que México y Canadá sean los derrotados en la renegociación del acuerdo, cuando la esencia del tratado original era la ecuación ganar–ganar–ganar.

Para conseguir los triunfos personalísimos que persigue, Trump usa la máxima maquiavélica de que el fin justifica los medios y para doblegar a sus socios, que no enemigos, comerciales usa medios inaceptables de presión.

Que un consumidor estadounidense prefiera un auto construido en Cuautlancingo, Puebla; en Munich, Alemania o en Aichi, Japón, a uno construido en Detroit, Michigan ¿es un asunto de seguridad nacional?

La manera como los radicales justifican sus acciones acaban por ser a veces problemas más grandes que el tema inicial.

Como no hay manera de justificar en el terreno de lo comercial un proteccionismo tan absurdo como pretender aplicar aranceles de 25% a la importación de automóviles, se usa una figura que invoca un peligro inexistente.

La famosa sección 232 que ahora invoca el gobierno de Donald Trump para respaldar su absurdo proteccionismo involucra temas de seguridad nacional, de peligro para su país. Ha sido utilizada en el pasado en temas como el petróleo de Libia a principios de los 80 o el comercio de uranio a finales de esa misma década.

Pero usar el argumento de la amenaza nacional para que consuman un auto local, fabricado con autopartes inevitablemente importadas, habla del peligro que tiene Estados Unidos no con un Toyota o un BMW, sino por tener un presidente populista y sin control.

Los primeros afectados serán los consumidores estadounidenses que tendrán que pagar necesariamente más por los automóviles que consumen y por sus autopartes.

De ahí habrá una afectación para el resto del mundo. Potencias automotrices, que no gocen de la protección de un acuerdo comercial, como Japón, Alemania o Corea del Sur, reaccionarán en proporcionalidad a esas medidas proteccionistas.

Mientras que, en casos donde haya un marco legal que garantice el flujo comercial, por supuesto que pienso en el TLCAN, habrá que esperar a que Trump lance la amenaza habitual: o firmamos una renegociación donde yo gane o les aplico los aranceles a los autos, al acero, al aluminio y a lo que se le ocurra en adelante.

Hoy, Trump invoca asuntos de seguridad nacional para dar paso a su peligrosa agenda proteccionista del America First. Mañana, con una peor relación con el gobierno mexicano, puede usar el mismo argumento para medidas más radicales como cerrar la frontera común. En este punto con Donald Trump ya no se trata de sus argucias comerciales, sino de sus estrategias peligrosas para conseguir sus objetivos.