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Si algo no debería regatear ningún candidato presidencial es una condena clara y contundente al régimen antidemocrático de Nicolás Maduro en Venezuela. Cualquier cosa diferente a ello sería altamente sospechosa.

Venezuela vive una tragedia humanitaria sin precedentes en este continente. No es simplemente la suspensión de la vida democrática, como ha ocurrido tantas veces con regímenes autoritarios latinoamericanos.

La gente está literalmente muriendo de hambre, de enfermedades de fácil control por falta de medicamentos y no son pocos los que mueren a manos del régimen que acaba con sus opositores por la vía violenta.

Hubo un momento en el que el régimen bolivariano de Venezuela, primero con Chávez y después con Maduro, se presentaba como una alternativa para la gente muy enojada con los que entonces gobernaban Venezuela, hasta ahí era posible la simpatía con esa causa.

Muchos advirtieron la trampa desde un principio. Pero entre los electores de entonces había más rabia que razón y les dieron paso a los populistas ante un discurso fantástico de creación de un paraíso en una república amorosa.

Incluso, ya en el poder, el régimen bolivariano, con todo y sus expropiaciones y malas decisiones populistas, recibía el respaldo legítimo de los grupos de izquierda del continente que han mantenido esas calenturas comunistas durante décadas.

Hasta ahí es un asunto de ideologías que merecía el respeto de todos, incluso los que ya veíamos una futura debacle de esa nación que en su momento llegó a ser ejemplo de crecimiento para todos los latinoamericanos.

Pero hoy no hay manera de obviar la desgracia a la que han llegado con este populismo autoritario, porque ya no es un asunto político. Es una emergencia.

Hoy el régimen antidemocrático de Nicolás Maduro tiene que ser condenado sin cortapisas por cualquier persona o grupo que respete los derechos humanos.

Entre los muchos desperdicios que tuvo el segundo debate entre los aspirantes a la presidencia de México este pasado fin de semana, estuvo la oportunidad de exigir a los candidatos a gobernar este país un posicionamiento sobre Venezuela.

Sin embargo, está claro que tanto José Antonio Meade, Ricardo Anaya y Jaime Rodríguez apoyan abiertamente el posicionamiento del gobierno mexicano que, a través del Grupo de Lima, condenan el régimen de Nicolás Maduro. Todos menos Andrés Manuel López Obrador.

Está claro que el régimen antidemocrático venezolano ya cruzó todos los límites que puede permitir incluso la agrupación más populista. Los regímenes cubano y boliviano respaldan a Maduro porque viven de su petróleo, son cómplices. Pero no hay manera de que ningún mexicano que crea en la democracia y la legalidad no se pronuncie a favor de los que sufren en Venezuela.

Una afinidad con el régimen venezolano en el momento actual debería ser tomado como una llamada de alerta. Porque, otra vez, no es un asunto de enfoques de izquierdas y derechas, tampoco es un asunto de los que se candidatean para ejercer el poder absoluto y eterno.

Hoy Venezuela es un tema de derechos humanos, es un país en una grave crisis humanitaria, donde los que en algún momento vivieron muy enojados con sus políticos, hoy mueren de hambre ante los ojos del mudo que hoy muy poco puede hacer.

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