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Son conocidas las diferencias que hay entre las delegaciones de México, Estados Unidos y Canadá respecto al contenido que debería tener la siguiente versión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Y, aun así, la realidad es que el público en general se entera de tan sólo una pequeña parte del diferendo que hay entre los tres países firmantes.

Pero que trasciendan diferencias al interior de los propios países sí puede ser un asunto más delicado para mantener una buena posición negociadora.

Al inicio de la administración de Donald Trump nos enteramos de las desavenencias entre el secretario de Comercio del gobierno de Estados Unidos, Wilbur Ross, y el representante comercial de la Casa Blanca, Robert Lighthizer. Después de un duelo verbal relativamente breve, quedó claro que el presidente Trump depositaba toda la fuerza de renegociación con México y Canadá en el señor Lighthizer.

En el caso de México, hace unos cuantos días trascendió que también se dio un encontronazo entre dos funcionarios de alto nivel sobre el tema del TLCAN. En una esquina, el muy influyente canciller Luis Videgaray. Y en la otra, el muy entusiasta secretario de Comercio, Ildefonso Guajardo.

El centro del debate: ¿qué debía prevalecer en la renegociación del TLCAN, velocidad para terminar y firmar lo antes posible, o bien obtener la mayor cantidad de beneficios posibles a través de la persistente negociación?

Esta intriga palaciega derivó en la intervención presidencial que optó por un punto medio, más cargado hacia la postura del canciller: dar no más de tres semanas adicionales al equipo negociador de Guajardo para obtener todo lo que se pudiera.

Las razones políticas parecen obvias. Hay una ventana de oportunidad de tener un acuerdo en principio antes de que lleguen las elecciones presidenciales mexicanas.

Las razones técnicas también son buenas. Hay la posibilidad de mantener la presión sobre determinados sectores estadounidenses para que retiren de la mesa de negociaciones planteamientos absurdos.

Al parecer ganó la postura de tener 100% de un acuerdo que no sea el ideal contra el riesgo de quedarse con 0% de la renegociación perfecta.

Hasta ahí priva una lógica que también comparten los estadounidenses que ya parecen haber entendido el riesgo de perder esa ventana comercial que implica el TLCAN. Por lo tanto, impulsan la idea de un acuerdo posible, con mermas negociadoras para todos, pero que quede ya.

Sin embargo, el tratado es de tres y resulta que los canadienses podrían no tener la misma prisa que los del sur. Así que al final se requiere de todo el arte negociador de los técnicos de Comercio para poder concretar el acuerdo en los apremiantes tiempos políticos.

Por lo pronto, es el propio presidente Enrique Peña Nieto el que se siente confiado en que pronto habrá un cierre positivo de la renegociación del TLCAN.

Y algo debe también prever Donald Trump que otra vez se puso a tuitear sobre México, como esa manera tan peculiar que tiene de crear ruidos donde parece encontrarse la paz.

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