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Desde que Donald Trump pasó de las páginas de las secciones de espectáculos a las de análisis político con la posibilidad de que buscara realmente la candidatura presidencial de su país, en México lo tomamos como una broma.

Hicimos del millonario neoyorkino blanco de nuestras burlas y respondíamos con desprecio a sus amenazas específicas en contra de lo mexicano.

En la campaña, nos volvimos fieles apoyadores de la demócrata Hillary Clinton e hicimos de Barack Obama un presidente que en todo su mandato nos ignoró y nos despreció con elegancia, un ejemplo de la nobleza que debe tener un mandatario estadounidense.

Y de Donald Trump… hicimos piñatas.

Sin ningún pudor lo mismo en programas de televisión que en el senado de la República armamos posadas con la piñata del republicano en el centro. No sólo en su calidad de candidato sino incluso cuando ya era el presidente electo de Estados Unidos.

Y hoy que los estadounidenses se sienten amenazados por un candidato presidencial en México y lo expresan, no faltan los que se indignan y lloran por los rincones por el intervencionismo del imperio.

No hay claramente una campaña de la mafia del poder, ni un “compló” universal. Abiertamente, este candidato, que combina las izquierdas con la derecha más radical, ha desafiado abiertamente la estabilidad financiera y económica.

Porque no se trata solamente de una propuesta ideológica de querer echar abajo las reforma energética y educativa y destruir la avanzada construcción del nuevo aeropuerto. Es esencialmente cómo lo quiere hacer.

Quiere disfrazar su voluntad manifiesta a través de consultar al pueblo bueno que le va a dictar la orden de acabar con todas las obras de la mafia del poder. Con semejante mandato del soberano, tratará de pasar por encima del Congreso “por ser la voluntad de la gente”. Eso está en los libros de texto del populismo y en la historia del mundo.

Evidentemente que, con esta amenaza a cuestas, el representante comercial de la Casa Blanca, Robert Lighthizer, advierte de los peligros para las empresas estadounidenses al momento de pensar en invertir en México bajo ese escenario.

Y así como lo han señalado un número ya importante de congresistas y de funcionarios estatales y federales en Estados Unidos, así se van a multiplicar las opiniones en torno a éste y el resto de los participantes en las elecciones presidenciales.

Ya tocará a los aludidos indignarse porque los intervencionistas del norte se atreven a opinar de un proceso soberano. Cuando apenas año y medio atrás despedazaban, con palabras y con palos, a su propio presidente.

Es tan peligrosa y radical la alternativa que se plantea para México que es de esperarse que, conforme se acerque la fecha de las elecciones, tanto en Estados Unidos como en otras partes del mundo se generen más reacciones. Aun si se revierten las tendencias electorales.

No veo a demócratas y republicanos haciendo cancha en el Capitolio para romper una piñata del Peje, como sí lo hizo el morenista Miguel Barbosa, quien juntó a los senadores que coordinaba para gritarle ¡ehh puto! al que, en ese momento, era ya presidente electo de Estados Unidos.

Con ese mismo espíritu libre que ahora se aguanten a que les digan el enorme peligro que representan.

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