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Ahora que el sector automotriz ha puesto la luz verde para que no sea esta industria el factor de rompimiento de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), parece que es hora de que los motores aceleren a fondo para apurar la conclusión de las pláticas, antes de que este camión del TLCAN se vea obligado a dar una vuelta a la izquierda y se encuentre en el callejón sin salida de López Obrador.

Cuesta trabajo pensar que finalmente el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, estaría escuchando las advertencias de los más sensatos de sus asesores que le dicen que su país perdería mucho si se cancela el acuerdo norteamericano y que rescatar la renegociación es ahora también una cuestión de tiempos políticos.

Porque no ha sido uno sino al menos dos los guiños que el gobierno de la Casa Blanca ha hecho a sus socios norteamericanos. Primero, la exención de México y Canadá de los aranceles al acero y al aluminio, y después este abandono de la postura de exigir que cualquier automóvil hecho en el marco del TLCAN tuviera al menos una integración de 50% de autopartes hechas en Estados Unidos.

Para convencer al primer círculo del presidente Trump quizá sobraron los argumentos de aumento de costos y de disponibilidad de tecnología más barata por parte de otros proveedores. Seguro que no fue por el aumento en el costo para los consumidores que habría implicado cerrarse al condicionamiento de las autopartes locales.

Seguro que alguien les habrá dicho que en México las elecciones presidenciales pueden ser ganadas por este personaje que está decidido a echar 60 años para atrás la política económica del país.

Seguro que no les quedó claro en Washington cuando alguien les expuso que Andrés Manuel López Obrador quiere usar el modelo económico del desarrollo estabilizador de Ortiz Mena, basado en un solo libro.

Pero cuando les explicaron que el puntero en las encuestas quiere retroceder en el tiempo a las épocas en que en Estados Unidos el presidente era el héroe de la Segunda Guerra Mundial, Dwight D. Eisenhower, parece que entendieron que la ventana de oportunidad podría cerrarse pronto.

Y más cuando el personaje ya quería desplazar al actual gobierno y frenar desde ahora las negociaciones para que fueran ellos los que le metieran mano al acuerdo trilateral.

Y por supuesto que en Estados Unidos tienen clara la amenaza a la estabilidad comercial de América del Norte. El propio representante comercial de la Casa Blanca, Robert Lighthizer, dijo con todas sus letras que una victoria de Andrés López en las elecciones presidenciales es un riesgo político para las empresas estadounidenses.

Por eso es que parece haber más conciencia sobre la importancia de tratar de dejar las reglas comerciales lo más claras posible, y cuanto antes, en caso de que se cumpla con ese riesgo, que ha logrado consenso entre todos los analistas, empresas y grupos financieros.

Por eso es que parece haber más voluntad de quitarle la mayor cantidad posible de topes al camino del TLCAN, para evitar que esa magna y productiva maquinaria comercial pueda chocar de frente con ese enorme muro populista.

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