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Hay muchas malas señales sobre la suerte que puede tener el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Desde los nuevos exabruptos más violentos del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en contra de todo lo que tenga que ver con México, hasta la degradación de Jared Kushner y el encumbramiento del jurado enemigo del libre comercio, Peter Navarro.

Son esas algunas de las razones de peso que hoy pueden hacer pensar que estaríamos cerca del naufragio del acuerdo comercial trilateral.

Pero hay un hecho que se ha sumado a los lastres, que en realidad puede ser una noticia positiva.

Resulta que durante las primeras horas del inicio de la séptima ronda de renegociación del TLCAN, modernización le llaman eufemísticamente en México, la delegación estadounidense encargada específicamente del sector automotriz se levantó y se fue directo al aeropuerto para regresar a Washington.

Esto fue interpretado como una especie de rompimiento, de alejamiento, cuando en realidad lo que sucedió es que los funcionarios conocieron una contrapropuesta mexicana en esa materia y la llevaron de regreso a sus cuarteles para que pudieran conocerla los que realmente toman decisiones en ese sector.

Hasta ahora lo conocido es que Estados Unidos puso en la mesa desde el principio su interés de elevar el contenido de componentes regionales de 62.5% que dice el acuerdo hoy vigente hasta 85% de piezas hechas en Estados Unidos.

En la reunión pasada de renegociación en Canadá, la delegación de ese país puso sobre la mesa una contrapropuesta para incorporar a la cuenta del origen del sector automotriz todo lo que se invierte en investigación y desarrollo, no sólo las balatas y los velocímetros que se incorporan en el ensamble.

Esa propuesta no le gustó de entrada a Estados Unidos y la bateó. Pero al parecer lo que propuso México les hizo más sentido y se lo llevaron a las armadoras estadounidenses y a los representantes de más alto nivel en materia comercial de la Casa Blanca.

Habría cierta disposición de los armadores en México de aumentar el porcentaje de componentes regionales, pero no hasta llegar a los números que sueña Trump.

De entrada, implicaría una afectación al consumidor, porque hay muchas piezas que simplemente no se hacen en Estados Unidos y sustituir esas importaciones sería caro y tardado. Y las piezas que son remplazables aumentarían los costos de producción y por lo tanto el costo final.

Hay, sin embargo, una oportunidad para preparar la siguiente generación de vehículos con mayor integración norteamericana.

Hoy, la mayor parte de los chips que utilizan los equipos autónomos y de alta computarización están hechos en el oriente, ya sea en China o Corea principalmente, y si vemos hacia dónde van los autos, el componente principal no será el motor sino las computadoras a bordo.

Estamos a poco tiempo de que la falta de producción regional de componentes de alta tecnología haga difícil que se pueda pensar en una integración automotriz de al menos 50 por ciento.

Así que es mejor pensar en cómo generar un desarrollo regional de los autos que se estrenarán cuando Donald Trump ya no esté en la Casa Blanca y no pensar, como parece que lo hace Trump, en el modelo 2019 que de hecho ya está ahora mismo en pleno ensamble.

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