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Hace unos días, la correduría Goldman Sachs publicó un reporte externando preocupación por la trayectoria del déficit fiscal y la deuda pública en Estados Unidos. Como hemos expresado en este espacio, el gobierno estadounidense ha decidido embarcarse en un agresivo plan de estímulos fiscales en un contexto económico de gran solidez.

Normalmente, los estímulos fiscales se utilizan como una herramienta contracíclica de política económica.

Es normal que cuando la economía se encuentra en recesión, el gobierno aumente su gasto —ampliando su déficit e incrementando su endeudamiento— de manera temporal para tratar de combatir la recesión. También es normal que una vez terminada ésta, los gobiernos comiencen a normalizar su política fiscal, equilibrando las finanzas públicas y estabilizando o revirtiendo la trayectoria del endeudamiento público medido como porcentaje del PIB.

Durante la crisis del 2008-2009, el gobierno americano implementó un paquete inicial de estímulos fiscales impulsado por el Partido Demócrata. Sin embargo, el tamaño del paquete fue limitado por los legisladores del Partido Republicano que mostraban una postura conservadora en cuanto a las finanzas públicas.

Cuando la frágil recuperación coqueteaba con convertirse en una nueva recesión en el 2012-2014, el presidente Obama trató de implementar un nuevo paquete de estímulos fiscales que fue rechazado por el Congreso, controlado por los republicanos.

El argumento fue que el Partido Republicano tenía un compromiso con el votante americano de resguardar las finanzas públicas a pesar de la fragilidad de la recuperación.

Esta situación contrasta drásticamente con lo que sucede en la actualidad.

La administración Trump y el Congreso republicano han impulsado una política fiscal sumamente expansiva, cuando parece ser totalmente innecesaria.

La economía americana crece a su mejor ritmo en años, el mercado laboral está en pleno empleo y los salarios reales han comenzado a crecer.

Normalmente, los gobiernos aprovechan esta situación para sanear sus finanzas públicas y generar las condiciones para poder implementar estímulos en la siguiente recesión.

Para Goldman Sachs, la política fiscal de Estados Unidos ha entrado en “territorio desconocido”.

La aprobación de un fuerte recorte en las tasas impositivas y un gran aumento en el gasto público está generando una trayectoria de endeudamiento preocupante.

La administración Trump argumenta que los estímulos fiscales generarán tanto crecimiento que la recaudación aumentará y las finanzas públicas no se deteriorarán. Sin embargo, esta afirmación es altamente especulativa y cargada de tintes políticos.

Goldman Sachs, al igual que la mayoría de los economistas serios, estiman que el plan de estímulos fiscales tendrá un impacto favorable en el crecimiento económico en el 2018 y el 2019. Sin embargo, la trayectoria de crecimiento de mediano plazo no se verá afectada.

Para Goldman Sachs, la trayectoria actual de endeudamiento podría llevar el nivel deuda pública como porcentaje del PIB a 85% para el 2021.

Adicionalmente, Goldman pronostica que el alza en las tasas de interés de largo plazo (que han pasado de 2.2% hace un año a casi 3%) está elevando los costos de fondeo del gobierno, presionando aún más las finanzas públicas.

No resulta difícil entender que Donald Trump quiera manejar la economía de su país como maneja sus negocios, con altos niveles de apalancamiento y varios casos de insolvencia.

Lo que resulta sorprendente es que el Partido Republicano, otrora estandarte de la prudencia fiscal, se esté prestando para este experimento de política fiscal procíclica.

Tal vez creen que la difícil tarea de equilibrar las finanzas públicas le tocará a un presidente demócrata en el 2020 o el 2024.

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