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Otra vez una escuela, una vez más un joven perturbado que entre sus juguetes tenía un rifle de asalto, legal, que bien pudo haber comprado en una tienda departamental.

Y una vez más el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, evadiendo el tema del necesario control de armas en su país.

Si algo caracteriza al presidente Trump es que es un férreo defensor de sus intereses, así vayan en contra del sentido común. Ahí están sus planes para desregular la producción de energías contaminantes como el carbón, a pesar de su evidente impacto en el medio ambiente.

Él tiene intereses y la habilidad política suficiente para salirse con la suya y eso incluye el tema de las armas.

Si en los diferentes hechos violentos que enfrenta su país que involucran esa libertad de posesión y portación de armas de fuego hay algún nombre extranjero, su discurso es sobre la necesidad de controles migratorios; si se trata de un local, se va hacia la necesidad de controlar los padecimientos mentales. Nunca el control de armas, que es un necesario común denominador.

Y es que tiene el apoyo abierto de la Asociación del Rifle, de los fabricantes de armas y de grupos radicales que adoran las armas de fuego. Es aberrante, pero es una discusión dentro de los marcos de la ley y por la cara.

En México tuvimos de facto una liberación de la posesión y portación de armas de fuego y el resultado también se cuenta en miles de muertos, en un disparo de los índices de criminalidad y todo con el criminal silencio de los responsables.

Las armas de fuego mantienen un carácter ilegal en la mayoría de los casos, pero la laxitud de las penas vigentes hace del costo de oportunidad algo tolerable para delincuentes y no delincuentes.

Hay muertos por bala en un semáforo por una carter, por ajustes del crimen organizado o por un pleito vial. Hay pistolas en los autos y en el transporte público y la pena por su portación es una multa.

Pero mientras, en Estados Unidos, el presidente Trump y los republicanos le plantan cara a la negativa de regular el control de las armas. En México los legisladores se esconden y rehúyen de su responsabilidad.

Hace un año, el Senado aprobó una serie de cambios a la Ley de Armas y Explosivos para corregir las pifias que permitieron que dejara de ser grave la portación de armas y los diputados simplemente la congelaron.

Lo más simple es pensar que, en la impunidad que les brinda la imperfecta democracia mexicana, en la que no les pedimos cuentas, simplemente se han dedicado a cuidar sus intereses, como el chapulineo en el que están.

Pero no se puede descartar que esta negligencia pueda responder a un cabildeo de algunos grupos que tengan interés en que no se pongan controles a esa libre circulación de armas en las calles.

Porque, además, la falta de esa corrección legal da a las autoridades ejecutivas el pretexto perfecto para justificar los altos niveles de inseguridad. Y acá los muertos se cuentan por miles dentro y fuera de las escuelas.