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En términos de estrategia de nación, es muy mala noticia que Estados Unidos se encuentre en este proceso de contar con una reforma fiscal que premie a los capitales que se queden en su territorio.

Una baja de impuestos a las empresas y una recompensa adicional a los capitales que regresen a ese país son dos aspectos de la reforma fiscal de Donald Trump que son preocupantes para un país como el nuestro.

Hasta ahora el esquema fiscal estadounidense que mantiene tasas impositivas altas era un buen incentivo para los capitales para buscar otros destinos de inversión. Y para México era el terreno ideal para mantener también tasas altas de impuestos para las empresas.

El paquetazo fiscal del 2013 se recargó en esa realidad de impuestos directos altos en Estados Unidos.

Es, pues, una amenaza doble para los intereses de México; por un lado, un esquema fiscal más atractivo en Estados Unidos que retenga sus capitales y por el otro la amenaza de romper el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y que con ello complique el intercambio comercial entre ambos países.

Y todo esto en plena carrera presidencial en México.

Ahora, si le hacemos un acercamiento a esta situación, nos encontramos con que al final podría no ser tan mala noticia para muchos contribuyentes en México.

La peor parte de todo es que se cruza con el proceso electoral mexicano y que al poder Presidencia puede llegar alguien con la misma capacidad destructiva de Donald Trump y entonces sí enredar al máximo la relación bilateral y con ello provocar un daño mayor a la economía mexicana.

Pero hay una oportunidad que nos da esta crisis y es la obligación que tendría el próximo gobierno mexicano de impulsar una reforma fiscal profunda como primera acción de gobierno. Siempre y cuando los electores hagamos una buena selección presidencial.

Si en Estados Unidos bajan los impuestos a las empresas, si allá se generan incentivos fiscales para la inversión, acá tendría que suceder algo similar. Sería un cambio obligatorio para no ser aplastados por esa atractiva oferta impositiva del otro lado.

México tendría que bajar necesariamente las tasas impositivas directas a cambio de finalmente diseñar un esquema de impuestos indirectos que amplíen la base de contribuyentes y obligue al pago de impuestos a los que más consumen.

O lo que es lo mismo, menos impuestos sobre la renta y más impuestos al consumo. Podría no ser un incremento al Impuesto al Valor Agregado, pero sí la ampliación de la tasa a todos los productos y con ello elevar la gran evasión que existe de ese gravamen.

Esto es algo que por ahora no puede siquiera ser un plan de gobierno porque es veneno puro para cualquier campaña, pero si pasa la reforma fiscal en Estados Unidos, esa debería ser la respuesta en este país.

Hay un cierto nivel de esperanza para muchos de que se pueda lograr una reforma fiscal en México en ese sentido. El peligro es que desde la visión populista hacer lo correcto en materia fiscal corre en contra de sus planes.

Pero es un hecho; con todo y el reto que implica lidiar con una reforma fiscal en Estados Unidos, no deja de ser una esperanza de cambio en esa materia en México, una vez que pase la efervescencia de las elecciones.