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A Venezuela no hay que quitarle la mirada de encima. Primero porque eso es lo que quiere el régimen de Nicolás Maduro para mantener su gobierno de tipo autoritario, después porque debemos tener presente siempre la lección de lo que trae como desgracia el populismo. Y sobre todo porque no es tan lejano el tener consecuencias globales por lo que ocurre en esa nación sudamericana.

La crisis humanitaria se mantiene, la falta de libertades se agrava y ahora lo que amenaza al mundo financiero es la cercanía del gobierno venezolano de declararse incapaz de pagar el dinero que le han prestado.

Ya es oficial que el gobierno de Venezuela y su principal empresa, la petrolera Petróleos de Venezuela (PDVSA), no pudieron hacer frente al pago puntual de los vencimientos de su deuda.

La información financiera del gobierno venezolano es turbia como todo en ese país, pero la deuda total del gobierno venezolano y de PDVSA podría superar 150,000 millones de dólares, con la duda de si se ha amortizado algo de ella por parte de la petrolera.

En México sabemos de las consecuencias del populismo y del mal manejo financiero. Tuvimos nuestra propia crisis de deuda en los años 80. La diferencia está en que en esos años los acreedores de México aceptaron la agresiva reestructuración que propuso el gobierno mexicano.

Sabemos que esos malos manejos financieros de los 70 y 80, más la medicina amarga de la reestructura, nos costaron mucho a la sociedad en oportunidades de desarrollo. Por eso es indispensable hoy privilegiar a quien pueda y quiera conservar la salud financiera de la que gozamos.

Pero en el caso de Venezuela lo que hay con los acreedores estadounidenses es un pleito y una larga lista de sanciones económicas. Apenas en agosto pasado, el gobierno de Donald Trump impuso restricciones para hacer transacciones a través del sistema financiero de su país con títulos de deuda del gobierno y la petrolera venezolanos.

Y con la novedad de que más de 60% de los tenedores de bonos de ese país son estadounidenses, por lo que cualquier intento que se pudiera implementar para renegociar queda bloqueado.

Esto eleva la temperatura de los mercados financieros e implica un aumento de la percepción de riesgo de la región entera. Los mercados suelen encajonar regiones completas, más allá de los vínculos que existan o no con el foco de infección.

Dejar morir financieramente a Venezuela es visto como una oportunidad para terminar con el régimen de Maduro. Estados Unidos lo ha hecho antes, pero ahora la situación es diferente.

La renegociación y los préstamos que ahora mismo negocia el régimen de Caracas con Rusia y China son un foco rojo para Estados Unidos y sus intereses en ese país y en la región.

En especial para China son cacahuates el prestar algunos cientos de millones de dólares para el pago de las deudas venezolanas a cambio, claro, del endoso de la factura de ese enclave sudamericano.

El régimen de Maduro no tiene remedio y el de Trump no le entiende al entuerto venezolano y ha renunciado a la plaza sudamericana.