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El Reino Unido es esta isla que cada día parece más cerca de las costas de Boston o Nueva York que de Calais en Francia.

Seguro que si pudieran harían flotar la isla de la Gran Bretaña hasta las costas de su excolonia que hoy mantiene el estatus de la economía más grande del mundo. Como la balsa de piedra de Saramago, hoy parece que los británicos no sienten una identidad europea y por el contrario parecen escuchar el canto de las sirenas que entona Donald Trump.

Pero cuidado, porque esas coplas románticas que escuchan desde la Casa Blanca y que promueven una gran integración económica, comercial y financiera, se darán siempre y cuando el ganador absoluto sea Estados Unidos.

Esos brazos abiertos que ahora ven en Trump tienen que ver con esa vulnerabilidad que se les nota a los británicos en este proceso de salida de la Unión Europea. La adulación de Trump al proceso del Brexit debería ser tomado como una advertencia para el gobierno de la primera ministra Theresa May.

Lo que una ligera mayoría aprobó en aquel referéndum se ha reducido a un posicionamiento partidista de un gobierno que está mucho menos fuerte de lo que necesitaría para no hacer del Brexit un fracaso absoluto.

Porque así como Estados Unidos ya se dio cuenta que no puede mangonear a México y hacer lo que se le dé la gana en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) porque perdería mucho más de lo que pensaba, así los súbditos de la reina Isabel II se encontraron con la realidad de un bloque duro que no pretende hacer ninguna concesión a los que hoy dejan el club.

El sueño de cerrar la puerta a los inmigrantes, pero dejar la alfombra roja para las operaciones comerciales se esfuma ante un bloque en el que los británicos hicieron el gran favor a Alemania de dejarle el liderazgo absoluto.

Esto hace que haya una vulnerabilidad que sus socios angloparlantes de Estados Unidos notan perfectamente bien.

El potente y rápido acuerdo que anunció Donald Trump con el Reino Unido solo será válido cuando se haya concretado el Brexit. Esos espejitos pueden apresurar un mal acuerdo con los hoy tan lejanos europeos.

Pero en ese afán del gobierno de Trump de quedarse con el filete, no hay que descartar que los altamente experimentados negociadores estadounidenses puedan chamaquear a los inexpertos conciliadores británicos que poco saben de eso de las negociaciones independientes de libre comercio.

Así, tal parece que la isla británica flota por el atlántico con rumbo a las costas del este de Estados Unidos, mientras del otro lado las una vez tan cercanas playas de Normandía se desvanecen en el horizonte de la falta del sentido de pertenencia europea.

Quién sabe si a la vuelta de unos cuantos años, esa cercanía con Estados Unidos combinada con la lejanía de los ex socios de la Unión Europea no terminan por hacer del reino británico una colonia del plan de gobierno del tan controvertido presidente Trump.