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Este es el título de la conversación literaria a que convoca cada año en Managua el mayor intelectual y escritor vivo nicaragüense, Sergio Ramírez.

“Centroamérica cuenta” quiere decir que Centroamérica narra, inventa, crea: tiene algo literario que decirle al mundo.

“Centroamérica cuenta” quiere decir también que Centroamérica importa, que es un ombligo de resonancias públicas, culturales, históricas, políticas y geopolíticas, superiores a su mero tamaño.

Algo hay en ese ombligo olvidado, en esa cintura cabal de nuestro continente, que resuena con tonos propios en el desconcertado concierto de la América Latina.

Fui la semana anterior, por primera vez, a las conversaciones de “Centroamérica cuenta”, foros de expansión coloquial sobre la literatura, la memoria y la vida intelectual latinoamericana.

Me he traído del viaje temas que iré desahogando en estas páginas, conforme se ofrezcan el recuerdo y la coyuntura.

El primero de ellos, ajeno a la discusión literaria del encuentro, pero evidente en el entorno público de la Managua de estos días, es la paulatina  conversión de Daniel Ortega y su gobierno en una reencarnación de Somoza y el suyo.

Dentro del coloquio, fueron particularmente atractivas para mí las mesas dedicadas a los cien años de Juan Rulfo y a los 60 de Cien años de soledad, una llana invitación a conversar de nuestros clásicos, a repensarlos y releerlos, acercándolos a nuestro presente para volver a hacerlos propios.

Releer a estos clásicos, y conversarlos en público, sin pretensiones eruditas ni rigideces académicas es como tirarse clavados infantiles en el río de una tradición de altos poderes creativos, cuyo padre seminal quizá sea Rubén Darío.

Particularmente interesantes para mí fueron las mesas destinadas a la recreación de la memoria.

En el ámbito personal, bajo los criterios no de la autobiografía, sino de la creación literaria. En el ámbito colectivo, camino al problema de la reconciliación con la verdad de nuestro pasado inmediato.

En toda América Latina hay heridas abiertas por guerras, dictaduras y violencia criminal. No es claro que esas heridas hayan cerrado ni que las hayamos contado bien.

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