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La administración de Donald Trump realmente no ha dado resultados. Sin embargo, sus promesas y palabras sí han tenido un efecto positivo en las expectativas de los consumidores.

Al mismo tiempo, la elección de México como su patiño para su campaña electoral tuvo efectos devastadores en ese mismo indicador de confianza de los consumidores de nuestro país.

Si cruzamos el índice de confianza de los consumidores que elabora en Estados Unidos The Conference Board con el indicador similar que hacen en México el Inegi y el Banco de México, podremos ver cómo uno se dispara hacia niveles históricos de buen ánimo, mientras que el otro muestra una picada importante en enero y un tímido repunte en febrero.

Ese espíritu positivo de los compradores estadounidenses no sólo tiene que ver con las promesas de Donald Trump: “Jobs, Jobs, Jobs…”, “Make America great again…”, etcétera. Ya vendrá el tiempo, y no tan lejano, de decepción, cuando quede claro que una cosa es gritar y otra, actuar.

La buena confianza de los estadounidenses tiene que ver con el propio desempeño que mantiene la economía. Herencia del gobierno de Barack Obama: hay estabilidad de precios, creación de empleos sostenida, créditos accesibles y otras virtudes que son valoradas por la opinión pública.

En el caso de México, sucede algo muy similar. Hay un peso importante en el ánimo por las declaraciones y acciones de la administración Trump. Desde amenazar a los migrantes, la amenaza de construir un muro que después vamos a pagar, hasta la de inminente cancelación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

El muro no tiene la primera piedra, las deportaciones son altamente vociferadas pero no aumentan su tasa de las épocas de Obama y con el acuerdo comercial trilateral tienen un gran conflicto interno.

Esto desanima a cualquiera que entienda la dependencia y vulnerabilidad de la economía mexicana por lo que suceda en Estados Unidos.

Pero también hay factores internos que cuentan para cultivar el desánimo. Claro que noticias de gran impacto, como el aumento en los costos de las gasolinas, no ayudan a la confianza de nadie.

Sin embargo, hay una mala precepción del desempeño económico que realmente no corresponde con la realidad.

Los que tengan un poco de memoria y recuerden cómo fue 1995 o incluso el 2009 saben lo que es una crisis. Pero actualmente no hay, por mucho, un escenario cercanamente comparable con una crisis.

No son inventos las tasas de ocupación y empleo. La terrible y disparada inflación está en un abominable nivel de 5 por ciento. El consumo de esos mismos desanimados consumidores mantiene tasas positivas muy superiores a la mayor parte de las actividades económicas.

Pero no. Lo de hoy, lo de moda, lo políticamente correcto, es quejarse amargamente de lo mal que estamos todos.

Quien no hable de una profunda crisis es progobiernista, el que no crea que estamos al borde del abismo no es sensible con el pueblo. No parecen ser pocos los interesados en que se cumpla la auto profecía de la crisis económica, sus mentes retorcidas la ven como la oportunidad de plantearse como los salvadores de la patria.