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Hace unos días, un hombre armado entró a una pizzería en Washington D. C. y disparó varias veces. No hubo heridos ni fatalidades. Según dijo a la policía, llegó ahí para investigar reportes que circularon en las redes durante las campañas afirmando que Hillary Clinton explotaba sexualmente a niños en ese lugar.

Esas versiones eran, por supuesto, falsas, como otras “noticias” que se difundieron en las redes sociales e internet. El fenómeno de las noticias falsas en las recientes campañas de Estados Unidos no tiene precedente y pudo haber alterado el resultado electoral. Facebook y Google ya reconocieron que deben tomar medidas para contener la divulgación de ese tipo de información.

El problema de fondo es que ni las redes ni las plataformas digitales son tan neutrales como se pensaba. Sin negar sus bondades, el hecho es que los algoritmos usados por estos medios priorizan la popularidad de las notas y las preferencias personales sobre la calidad de la información.

El resultado es una navaja de doble filo: distorsión y fragmentación de la realidad. Los buscadores como Google potencian el alcance de la información sin que antes alguien verifique si es falsa o verdadera, sin siquiera distinguir una de otra. Además, redes como Facebook segregan la información y solo acercan a sus usuarios aquella que identifican como afín a sus gustos. Así, la gente queda expuesta a noticias falsas y parciales.

Hemos entrado en la llamada “era de la posverdad”, donde las emociones pasan por encima de los hechos sin mayor resistencia. Una mentira que es compartida una y mil veces entre personas que piensan igual y que desean creerla, acaba adquiriendo el carácter de certeza irrefutable. Y son esas “verdades” las que encienden pasiones y motivan hechos como el de la pizzería.

Esta nueva realidad refuerza el valor de los medios tradicionales y plantea nuevas exigencias al periodismo profesional. Ante la fragmentación de la realidad, espacios públicos que agreguen y confronten todos los puntos de vista; ante su distorsión, hechos verificados y desacreditación de la mentira.