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Trump ganó y los millennials tomaron las calles. No es raro que este grupo de jóvenes proteste, lo que sorprende es que lo haga en rechazo al candidato que prometió acabar con los privilegios de Washington y los abusos de Wall Street. Unos años antes, esos mismos jóvenes apoyaron el movimiento Occupy Wall Street. Ahora se colocaron del lado del establishment: votaron mayoritariamente por Hillary Clinton para luego indignarse por el triunfo de Trump.

Cierto, es probable que los millennials hayan apoyado a Clinton por considerarla el menor de dos males.

Aun así, el hecho es que Clinton es al establishment político de su país, lo que el PRI al de México. Y ahí se refugiaron estos jóvenes.

Naturalmente, los millennials tienen un resorte anti-establishment que se opone al sistema tradicional, a los políticos de siempre, a los grandes conglomerados de medios y a los privilegios de unos cuantos. Pero también son impulsados por valores que los enfrentan con quienes miran al pasado. Los millennials ven al futuro y solo hacia allá quieren saltar.

Ellos valoran la igualdad, la ampliación de las libertades, la diversidad, la tolerancia y el multiculturalismo. Se consideran miembros de una comunidad global con los referentes de un mundo civilizado. Más que cualquier otra generación, su visión es universal y cosmopolita.

Eso explica por qué vemos a los millennials del lado de iniciativas de ruptura “hacia adelante” como la Primavera Árabe, el movimiento de indignados en España, la rebelión de los paraguas en Hong Kong o el referendo por la paz en Colombia. Pero también aclara por qué los hemos visto votar a favor del statu quo cuando la alternativa de ruptura, llámese brexit o la reciente elección en Estados Unidos, se orienta al pasado.

Sí, el rechazo de los millennials al establishment es relativo. No aplica cuando la opción atenta contra la civilización, cuando da la espalda al futuro o cuando se trata de un nacionalismo aislacionista y discriminatorio como el de Trump.