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La honestidad, como la corrupción, es un hecho cultural. Los valores éticos son trasmitidos por gente de prestigio, por los padres y por los compañeros y amigos.

La corrupción es un hecho cultural, dijo el presidente de un país muy cercano que sufre un extraño padecimiento: algunas veces se comporta como una república bananera y, otras veces, puede ser como del primer Mundo.

La corrupción es un hecho cultural, confirma un estudio publicado por la prestigiosa revista científica Nature. La gente común y corriente toma a los individuos más prominentes como ejemplos a seguir. Cuando estos líderes hacen trampa, ponen el ejemplo para que los demás hagan cosas deshonestas y vuelven la trampa una práctica generalizada y aceptable, explican Simon Gächter y Jonathan Schulz. “Si la corrupción es endémica en una sociedad, los padres pueden recomendar a sus hijos una actitud que facilitará la corrupción y la violación de las reglas como una forma de triunfar en ese ambiente corrupto”.

Gächter y Schulz hicieron entrevistas y experimentos con 2,568 personas muy jóvenes de 23 países, entre los cuales se encuentran los extremos en los rankings de corrupción: Suecia, Holanda, Alemania y Guatemala, Tanzania y Marruecos. Se encontraron con que los participantes no eran totalmente honestos ni completamente deshonestos. Cuando uno de los jugadores se daba cuenta de que a su alrededor la trampa era generalizada, se relajaba y hacía trampas. Lo contrario también pasaba: el observar que todos estaban actuando correctamente propiciaba un mejor cumplimiento de las reglas.

La clave del comportamiento honesto o corrupto es algo que Gächter y Schulz llaman el factor de predominancia de la violación a las reglas (PRV: prevalence of rule violations, en inglés). “Si vives en un lugar donde mucha gente trabaja en la economía sombra y evade impuestos, habrá un efecto ‘compadre’ donde la tranza se hará aceptable…”, explican estos investigadores de las universidades de Nottingham y Yale. “Si los políticos ponen pésimos ejemplos como robar elecciones o beneficiar a sus parientes, la honestidad de los ciudadanos se verá golpeada porque la corrupción se fortalece en lugares clave de la sociedad”.

Este estudio no puede ser utilizado para justificar una actitud de resignación frente a la corrupción, mucho menos en un país como México, donde la corrupción tiene un costo equivalente a 10% del PIB, de acuerdo con los cálculos de la Coparmex. Todo lo contrario: estos académicos exponen los mecanismos que multiplican la corrupción y, de este modo, ofrecen algunas claves para combatirla y erradicarla.

La honestidad, como la corrupción, es un hecho cultural. Los valores éticos son trasmitidos por gente de prestigio, por los padres y por los compañeros y amigos. Si a los que se portan con honestidad les va bien, se genera un círculo virtuoso. En palabras de Gächter y Schulz: hay una coevolución de las instituciones y los valores; las instituciones débiles que producen violaciones de las reglas tienen un costo económico, además de que afectan las decisiones individuales relacionadas con la honestidad, afectando un comportamiento que es crucial para el funcionamiento adecuado de la sociedad.

El estudio se encuentra disponible en la sección Behavorial Economics, de Nature. Su lectura resulta útil en un momento en el que estamos en el armado del Sistema Nacional Anticorrupción. Por desgracia, no responde a dos preguntas clave: ¿qué se necesita para romper el círculo vicioso que produce la corrupción? ¿Cuánto tiempo tarda el cambio?

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