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Enrique Krauze pide que se disculpe, le digo al presidente Peña Nieto. Seis de la tarde del viernes 12 en Los Pinos. Está por terminar una comida de más de dos horas con un grupo de periodistas.

“¿Disculparme?”, menea la cabeza, oprime los labios el Presidente que ha estado notablemente sereno y buscado ser empático y franco. Ya pasamos por los temas de las casas de Las Lomas y Malinalco, por las muchas vertientes de Ayotzinapa, los eventuales movimientos en el gabinete (“Como en el Estado de México, prefiero la estabilidad que los cambios”), las elecciones de 2015, las coberturas petroleras para 2016.

No tendría problema en disculparme, suelta Enrique Peña Nieto. Sería incluso lo menos difícil. ¿Pero de qué en concreto me tendría que disculpar? Todo lo de la casa es legal. ¿Acaso por no haber visto en aquel entonces que podría entenderse como un conflicto de interés que, en verdad, no veo que lo haya? Pero, sí, a lo mejor pudimos haber pensado entonces que algunos lo iban a poder ver así.

Creo que eso es lo que piensa y siente en esta temporada que parecería encaminada a hundirlo en la ignominia moral. Alguien en

la mesa pregunta cómo está su esposa.

—Triste, enojada, lastimada. La entiendo muy bien. Yo entiendo los momentos de la política, los costos de la política. Pero a ella le ha tocado pagar costos que no debía.

Y alguien más pregunta cómo está él.

—Bien. Veo inconformidad y dolor legítimo, pero hay también un objetivo de quebrar el ánimo del Presidente. Eso no lo van a conseguir.

 

Mañana: Quieren quebrar el ánimo del Presidente