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En el país la desigualdad es descarada.

No hay un país de la OCDE más inequitativo que México. Aquí, 10 por ciento de la población con mayores ingresos gana 30.5 veces más que el 10 por ciento más pobre. Esto es inadmisible éticamente. Implica que hay una brecha de oportunidades entre los que tienen y los que no tienen. Más allá, es muy ineficiente: la inequidad es enemiga del crecimiento. Un país desigual crece menos y su crecimiento es menos sostenible. La desigualdad nos costó 10 puntos porcentuales del PIB en los 20 años que van de 1990 al 2010, de acuerdo a un informe de la OCDE.

Decir 10 por ciento del PIB suena abstracto. Ponerlo en dólares lo hace un poco más concreto: 10 por ciento del PIB son 126 mil 100 millones de dólares. Otra forma de decirlo es que la inequidad nos costó 40 por ciento más que la crisis de 1994. La cifra es grotescamente alta, pero no nos duele tanto porque sus efectos no se manifiestan de golpe, como una devaluación o la quiebra de un conjunto de grandes empresas. Ese 10 por ciento que no crecimos es como un veneno que actúa lento; un plomo que nos hunde poco a poco. Somos 10 por ciento más pobres. Generamos alrededor de 2 millones de empleos formales menos.

La desigualdad es el tema principal de Capital, el libro de Thomas Picketty que es candidato a ser el libro no leído más comentado del 2014. No es difícil entender la popularidad del mensaje de Piketty: hay un malestar creciente relacionado con la desigualdad. El caso de México es grave porque la desigualdad no ha dejado de crecer. Nuestro país era desigual en 1985, pero ahora es mucho más inequitativo. No tendría por qué ser así. En otros países las cosas han ocurrido de otro modo. Turquía tenía niveles de inequidad parecidos a los de México hace tres décadas. Allá se ha reducido. El problema de la desigualdad no se agota en la esfera económica. La concentración de la riqueza distorsiona la competencia política y tuerce la toma de decisiones del poder público, explica Piketty. Es imposible tener una democracia sana en una sociedad donde pocos tienen casi todo y muchos tienen casi nada. Es también muy complicado tener una administración pública eficiente.

El crecimiento de la desigualdad ha generado una reacción igualitarista. Thomas Piketty es uno de los personajes más conocidos, pero la mayor sorpresa es que hay brotes igualitaristas en instituciones como el FMI, el Banco Mundial y la OCDE. No hay un recetario de medidas correctivas, parecido al Consenso de Washington. De cualquier modo, empieza a construirse un núcleo duro de recomendaciones. No basta con medidas antipobreza, porque hay que poner mucho más atención a la clase media-baja. Invertir más en educación y capacitación para el trabajo es la recomendación más constante. Replantear el sistema impositivo para eliminar los privilegios de los más ricos es la propuesta que no se atreve a decir su nombre.

La esperanza es un bien escaso en esta materia. La desigualdad se encuentra en el nivel más alto de los últimos 30 años, nos dice el informe de la OCDE que revisa la tendencia entre los 34 países miembros de este club de ricos. La desigualdad ha crecido y se ha vuelto más “descarada”. Los ultrarricos han perdido el pudor de mostrar lo que tienen. Se han vuelto sus propios paparazzi y nos cuentan sus vidas en Facebook, Twitter o Instagram. Abren las puertas de sus casas a las revistas de sociales. No parecen conscientes de que su despliegue de bling bling alimenta un rencor social que está buscando un cauce. ¿Es demasiado esperar prudencia de los émulos de Paris Hilton?