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¿De qué tamaño es la crisis del otoño de 2014, que no termina y no tiene prisa por terminar?

Sabemos, acaso, que en un lapso de dos meses confluyeron (1) la desgracia asociada al crimen y la impunidad, (2) la percepción de que los gobernantes, y los políticos en general, son tan corruptos como siempre lo han sido, (3) la percepción de que esos gobernantes no pueden imponer el orden, (4) una indignación inauditamente extendida, y (5) la información de que la mejoría económica no llegará pronto.

Temible entretejido de realidades y percepciones. De ahí la pregunta sobre la gravedad del momento que estamos viviendo. Para el gobierno del presidente Peña Nieto, por lo visto, es muy grave. Que recuerde, desde los anuncios de acciones urgentes del gobierno de Ernesto Zedillo tras la crisis devaluatoria y de fuga de capitales de diciembre de 1994, ningún mensaje presidencial se ha anunciado y aguardado con una ansiedad parecida.

Expresé aquí el lunes que ante esta combinación de enojo, resentimiento y desesperanza, el presidente Peña Nieto carece de margen para tratar de darle la vuelta a una situación tan desfavorable con propaganda y ajustes burocráticos que no lleven a ninguna parte, ni levanten el estado anímico de la sociedad.

El Presidente tiene que convencer y entusiasmar. Si esta mañana no lo hace, difícilmente tendrá una segunda oportunidad de aquí a 2018. Si falla, el futuro perfila mucho encono, conflicto, dolor.

Hoy también, con un año de anticipo, comienza la segunda mitad de la administración peñaniestista. Más le vale acertar al Presidente. Más nos vale que acierte.