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De los testimonios publicados, me conmovió especialmente el de Jorge Tizapa Legideño. Mejor dicho, el de la madre de Jorge Tizapa Legideño.

Jorge es uno de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. Tiene 20 años y una hija recién nacida. Acababa de ingresar a la escuela de magisterio, manejaba un microbús en la ruta de Tixtla a Atliaca y tenía un teléfono celular al que su madre le llama varias veces al día desde el fatídico 26 de septiembre. Pero la llamada no entra.

Tomo la historia de un estupendo trabajo publicado ayer en El País, aunque pude sacarlo de otros medios internacionales. Ayotzinapa, y acaso las ejecuciones de Tlatlaya, son desde hace dos semanas los temas noticiosos sobre México.

El gobierno del presidente Peña Nieto se empeñó en borrar la imagen de país violento y peligroso. Tuvo éxito, significativamente el año pasado. Luego sorteó la crisis de Michoacán, mantuvo a raya las malditas cifras de secuestros y prolongó el México’s moment con la hazaña de las reformas estructurales. Pero la realidad es jodidamente terca y fea.

Ayer también, Federico Berrueto escribió en estas páginas que el gobierno del presidente Peña Nieto no sabe qué hacer con la tragedia de Guerrero. Si eso es cierto, como parece, es un lujo que no puede darse. El tiempo asfixia. Es hora de eficacia política y policiaca. Ayotzinapa está demostrando que los muertos siguen importando en México y fuera de México. Y que, como machacaba el ex presidente Calderón, a los criminales hay que enfrentarlos con todo, aquí y ahora.

Sin tantos rollos sobre inteligencia y coordinación. Así sea a pedradas.