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Hay muchas preguntas sin respuesta clara: ¿qué moneda utilizaría Escocia independiente? ¿Cómo afectará la libra esterlina? ¿De qué forma se repartirá la responsabilidad por la deuda pública británica?

Escocia le ha dado al mundo el whisky, el golf, el teléfono, la penicilina, Sherlock Holmes y la oveja Dolly. En breve sabremos si entregará también el certificado de defunción de la Gran Bretaña que conocemos.

Los escoceses decidirán mañana su permanencia en el Reino Unido. Las repercusiones económicas de la decisión se roban el escenario, entre otras cosas porque hay muchas preguntas sin respuesta clara: ¿qué moneda utilizaría Escocia independiente? ¿Cómo afectará la libra esterlina? ¿De qué forma se repartirá la responsabilidad por la deuda pública británica? ¿Qué parte de los derechos de explotación del petróleo y gas del Mar del Norte le corresponderá a Escocia y a Gran Bretaña? ¿Cómo quedará el sistema financiero escocés, si sus grandes bancos como Lloyds y el RBS se mudan a Londres?

Los mercados han reaccionado con nerviosismo, en buena medida porque estas cuestiones no resueltas vienen acompañadas con un crecimiento sólido del movimiento independentista. Será una votación cerrada. El que pierda quedará con casi la mitad de los votos. La negociación política será complicada. ¿Cómo acomodar las estructuras políticas a un intangible tan poderoso como la identidad y el orgullo nacional?

La decisión escocesa ha trascendido las islas británicas por la importancia de los involucrados. El Reino Unido es la sexta mayor economía del orbe. En caso de divorcio, Escocia será la número 14 (justo debajo de México). El remanente del Reino Unido, Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte, quedarán en torno al número 10. Un papel de actor de reparto, indigno de lo que fue la máxima potencia económica hasta la primera década del siglo XX.

La cuestión no quedará finiquitada con el cómputo del jueves. Entre otras cosas porque Inglaterra ha hecho muchas promesas a los escoceses, en caso de que voten por permanecer en el Reino Unido. Si gana la independencia, se abrirá la caja de truenos. Vendrá una ola expansiva de incertidumbre que afectará los mercados globales. Londres no es el mayor mercado financiero del mundo, pero sí es el más globalizado del planeta. Muy conectado con Estados Unidos, Europa y Asia.

En economía, una Escocia independiente tiene muchas cosas concretas que perder. Por ganar tiene un mar de petróleo y un puñado de intangibles. Entre las pérdidas está la credibilidad del Banco Central de Londres, verdadero salvavidas en tiempos de volatilidad global; los ingresos fiscales que generan las empresas financieras que migren y las ventajas de usar la red de promoción económica del sistema inglés de embajadas. Escocia confía en los recursos petroleros del Mar del Norte y en la promesa de que Edimburgo tendrá un gobierno más eficaz que el que de Londres, más promotor de la inversión y menos burocratizado.

En el largo plazo todos pierden. La Gran Bretaña arranca con 10% de PIB menos y un recordatorio adicional de que su influencia mundial se desvanece. Escocia tendrá petróleo y gas por 25 años, “pero todos sabemos que la energía solar no es una opción para ellos”, dice un cómico inglés.

Irracional, como parece, el resultado de Escocia puede tener un impacto simbólico en la definición de otras disputas nacionalistas: la cuestión catalana y vasca en España; la de los flamencos en Bélgica; los bávaros en Alemania, el estatus de Québec en Canadá. ¿Quién se atreve a congelar el mapamundi?