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Puede haber todo menos sorpresa en la decisión de Standard & Poor’s (S&P) de poner en perspectiva Negativa la calificación crediticia de la deuda soberana mexicana.

Por parte de la propia firma calificadora, después de la debacle por las malas recomendaciones en los tiempos de las subprime de Estados Unidos, esa firma de análisis y calificación se lavó la cara rebajando la nota nada menos que de Estados Unidos, algo que le costó hasta represalias por parte de la autoridad.

Y en ese afán de advertir a tiempo los peligros a sus clientes no hacía falta más que voltear a ver a México y ver el encendido color amarillo de sus señales de alerta financiera.

México renunció a la disciplina macroeconómica como política pública y optó por un esquema de supuesto impulso económico a través de la deuda y el gasto deficitario.

El equilibrio fiscal era un asunto obligatorio por la ley y la amarga experiencia de mediados de los años 90 que había dejado una huella en varias generaciones de financieros públicos que cuidaban la salud macroeconómica como un gran valor.

Fueron mayoritariamente factores externos los que echaron a perder los planes gubernamentales de crecer como en los tiempos del viejo modelo priista. Básicamente el derrumbe del precio del petróleo se encargó de echar por tierra los planes de concretar el Mexican Moment derivado de las reformas estructurales.

El daño, desde la perspectiva de S&P, no es todavía tan grave como para degradar la calificación de la deuda mexicana que pende de un escalón dentro del grado de inversión, pero sí hay las suficientes señales de alerta como para preparar la salida de emergencia con una revisión negativa.

La deuda pública era hace 10 años equivalente a 28% del Producto Interno Bruto.

Hoy es ya 45% del tamaño de la economía. Y si bien puede parecer poco con los niveles europeos, estadounidenses o japoneses, el margen de maniobra fiscal del gobierno mexicano es acotado.

Pero hay un dato contundente en el análisis de la calificadora: dice que México tiene debilidades en la gobernabilidad que reflejan una débil aplicación de la ley y la percepción de corrupción. Algo que sin duda no es culpa del mundo o del petróleo.

Por lo que hace a Moody’s, al parecer se puso más quisquillosa esta firma, porque lo suyo fue una alerta al sistema bancario mexicano. Ese que parece sólido, capitalizado y sin grandes problemas a la vista, enfrenta hoy una amenaza y una lupa de mayor aumento.

Aquí se cruza en el camino de la visión de los bancos el pobre desempeño económico, la limitada capacidad que tendría el gobierno de salir al rescate de la banca y la pobre capacidad financiera de Pemex desde su perspectiva de deudor de estas instituciones financieras.

Evidentemente los mercados reaccionaron a los dos taches en el mismo día. Pero ante lo evidente de los problemas que enfrenta la economía mexicana, nadie puede llamarse a la sorpresa.

Es más, son ya varios años en que desde diferentes frentes se advertía el peligro de perder ese enorme valor de la estabilidad financiera de la que por muchos años gozó el país.