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Hace unas semanas la nota sorprendente era que los ahorradores tenían que pagar por depositar sus recursos en los bonos del Tesoro alemán. Se entendió como el derecho de admisión para estar al resguardo del Bundesbank. Una especie de renuncia a los rendimientos con tal de dormir tranquilos.

Lo nuevo es que hay quien está pagando por ahorrar en destinos financieros como el de España, que si bien es un mercado maduro no es precisamente el emblema de una fortaleza financiera.

Hay un exceso de liquidez propiciado por los bancos centrales que ven en la inundación de recursos baratos una forma de impulsar sus respectivas economías.

La Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) lleva varios años con una política de dólares baratos, y si bien ya se enfila a la puerta de salida, no hay claridad de cuándo podría retomar la neutralidad monetaria.

El Banco Central Europeo y el banco central japonés han seguido ese camino de hiperliquidez y han contribuido a elevar el tamaño de la ola especulativa que hoy vuelve a recorrer el mundo. China anda en un camino similar.

Porque así como hay quien prefiere la seguridad de un bono alemán, aunque les cueste, hay otros que están de vuelta en los mercados emergentes propiciándose mejores ganancias, aunque tengan que vivir con el dedo en el botón rojo para salir corriendo ante cualquier cambio de señales.

Esto hay que tenerlo muy claro. El peso mexicano se ha recuperado y la Bolsa de valores experimenta máximos históricos, no porque haya cambiado la percepción de riesgos sobre este país con focos amarillos presupuestales.

Lo que hay es un regreso del apetito por el riesgo. Sólo que, a diferencia de lo que vimos a principios de la década cuando la Fed garantizaba dólares baratos por un largo rato, ahora estamos en la frontera de un nuevo aumento de la tasa de interés estadounidense.

Es un filo peligroso en donde hay más tensión y cualquier mal dato, un guiño o alguna circunstancia fuera de lugar pueden mover rápido las cosas.

Si algún integrante de la Fed insinúa algo diferente a mantener las tasas de interés donde están, habrá un sismo. Si Donald Trump milagrosamente se recupera en las encuestas, el peso pierde; si el precio del petróleo vuelve a bajar, el peso baja.

La moneda mexicana —y su alta conductibilidad en el mundo emergente— recibe ese flujo y se revalúa. El Índice de Precios y Cotizaciones de la Bolsa Mexicana de Valores experimenta máximos históricos que lo acercan a los 50,000 puntos, que contrastan enormemente con los pronósticos de un crecimiento de la economía inferior a 2% este año.

Ya se perdió cualquier relación en la valuación de las acciones no sólo en México, sino en Estados Unidos y otros mercados. Y cualquier corrección puede ser abrupta y, entonces, afectar al resto de los agentes económicos por la simple ola expansiva.

No hay que perder de vista que la tenencia de extranjeros en valores gubernamentales sufrió una nueva baja durante los primeros días de este mes, que se acumula con la salida masiva que han tenido estos capitales a lo largo del año. Este indicador tiene más que ver con la confianza en la economía local que la participación en el volátil mercado bursátil.