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José Woldenberg ha publicado en la revista Nexos (julio 2016) una respuesta crítica a mi ensayo “Nocturno de la democracia mexicana”, publicado el mes anterior. Me estimulan por igual sus coincidencias y sus diferencias con mi texto. Las primeras, porque se refieren a aspectos fundamentales del diagnóstico. Las segundas, porque cuestionan aspectos también claves de mis remedios, que no tengo empacho ni en repensar ni en corregir.

La coincidencia mayor que celebro es que haya leído con claridad mis propósitos. En efecto, como dice Woldenberg, el áspero retrato que tracé del estado de nuestra democracia, no es para darla por muerta y tirar el niño junto con el agua sucia de la bañera. Menos aún para decretar que México padece una tara ingénita para la democracia y la modernidad política.

No es un diagnóstico para ejercer la trivial incredulidad de que no tenemos remedio, que los políticos son una basura, los partidos una pandilla y los ciudadanos una tribu de indignados impotentes.

Mi crítica de la democracia mexicana quiere describir, como dice Woldenberg, “las patologías que la debilitan en serio y en serie” para “corregir aquello que está desgastando nuestro precario arreglo democrático, con la intención de fortalecerlo” (subrrayado mío).

Las patologías de nuestra democracia son muchas y visibles, pero la vitalidad del organismo, me parece que está fuera de duda.

Basta ver las palizas que diversas ciudadanías locales pusieron en las elecciones estatales recientes a gobiernos que les habían colmado el plato, que parecían tener la sartén por el mango, y que perdieron, sin embargo, la sartén, el mango y la cocina.

La vitalidad del espíritu democrático mexicano me parece innegable, en medio de la proliferación de reglas mal puestas que acabaron produciendo lo que querían evitar.

El ejemplo mayor es el del financiamiento público que quería evitar la entrada de dinero privado o del crimen al proceso electoral y acabó creando un mercado negro de dinero electoral varias veces mayor que el reconocido oficialmente.

La búsqueda de lo que hay que corregir para fortalecer nuestra democracia tiene que ver precisamente con las normas que hay que cambiar para corregir las patologías de un cuerpo no solo sano, sino poseído también a momentos por una energía inusitada, y de una rabia y una indignación que necesita nuevos cauces nuevas reglas, menos agua sucia en la bañera.

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