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Las elecciones son enemigas crónicas de las buenas decisiones de Estado. Imponen una óptica de ganancias y pérdidas de corto plazo, disminuyen la visión y limitan la estrategia.

En México, incluso en las épocas de la hegemonía priista, las elecciones han obligado a posponer decisiones difíciles cuyos daños acumulados resultaron luego catastróficos.

Pienso en el presidente López Portillo, febrero de 1982, decidido a no devaluar la moneda y a defender el peso “como un perro”, porque estaba en campaña su candidato Miguel de la Madrid.

Pienso en el parecido aplazamiento de decisiones del presidente Salinas de Gortari, marzo de 1994, cuando el asesinato del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, desató una fuga de capitales y mostró la fragilidad de la economía.

Salinas juzgó que la muerte de Colosio complicaba suficiente la elección de ese año, como para enredarla además con una devaluación que sus colaboradores discutían.

Los dos jefes de Estado pagaron caro sus aplazamientos. Los pagó caro también el país.

“Presidente que devalúa se devalúa”, sentenció en su momento, con su peculiar elocuencia, José López Portillo. Dijo también que la responsabilidad presidencial incluía la entrega de buenas cuentas en su sucesión, es decir, que ganara el candidato de su partido.

En nada se empeñó tanto Salinas de Gortari durante el año 94 como en hacer que ganara las elecciones su segundo candidato designado del PRI, Ernesto Zedillo.

Ambos presidentes entregaron lo que debieron juzgar buenas cuentas a su partido de sus respectivas sucesiones, pero entregaron malas cuentas de su Presidencia. Ganaron el corto plazo, pero perdieron la historia.

Si hubieran tomado a tiempo las decisiones difíciles, quizá hubieran perdido las elecciones, pero habrían dejado al país una herencia económica menos grave.

Habrían complicado el triunfo de sus sucesores, pero acaso habrían acelerado el cambio político del país, entregando malas cuentas a su partido, pero buenas cuentas a la democracia. Habría ganado el país y quizás  habrían ganado ellos, aunque hubiera perdido el PRI.

Las elecciones del 2018 plantean dilemas similares al presidente Peña Nieto. Si para ganar esas elecciones aplaza las decisiones que el momento pide, el costo de lo aplazado crecerá y lo pagará su gobierno, lo pagará él y, al final, lo pagará también el PRI.

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