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Después de los resultados electorales del domingo pasado, váyase acostumbrando a una nueva serie de indicadores económicos que harán su aparición por todos lados: aquellos que comparan las administraciones panistas con los gobiernos priistas.

Gráficas, estadísticas e interpretaciones de modo que nunca se han ido, pero que de aquí en adelante van a jugar con las expectativas de un partido que recibió oxígeno puro tras las elecciones para gobernador recién celebradas en 12 entidades.

Y a esta guerra de dados cargados hay que añadir el ruido que habrá de meter el eterno candidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador, quien desde su victoria pírrica como partido local en la Ciudad de México no dejará de dinamitar cualquier buen ánimo que pudiera generar el desempeño económico.

Las comparaciones favoritas para el PAN serán las del tipo de cambio y los promedios de crecimiento. Para el PRI serán las gráficas de la inflación y la creación de empleos.

Unos y otros podrán hacer maravillas estadísticas para garantizar que son mejores al momento de ejercer el gobierno y seguro que ambas partes van a perder de vista los respectivos contextos internacionales que determinaron el comportamiento de los indicadores locales.

Por ejemplo, al momento de lucir la estabilidad cambiaria en tiempos de Fox y Calderón los azules olvidarán darle crédito a los altos precios del petróleo que mantuvieron apreciado al peso. Y los tricolores presentarán como un fracaso panista el derrumbe económico del 2009 y no adjuntarán el dato de la gran recesión mundial que tiró la economía de todo el planeta.

Ya vimos el lunes a un muy serio y distante presidente Enrique Peña Nieto recriminando que, si se hubieran hecho los cambios estructurales en los años anteriores, hoy estaríamos ya creciendo a tasas mayores. Referencia que quedó como botón de muestra de lo que viene.

Sin embargo, la comparación estadística puede ser el mal menor de la confrontación preelectoral que viene entre panistas y priistas. Si los revitalizados panistas piensan en algún momento en entorpecer, por ejemplo, el trabajo legislativo del gobierno priista, podrían estar haciendo el trabajo sucio de los que sí están esperando el rompimiento.

La composición de las cámaras le da al partido en el gobierno el margen suficiente para sacar adelante lo mínimo indispensable, por ejemplo, los paquetes económicos. Pero el desgaste que se puede provocar desde las tribunas puede ser mayúsculo.

Si los panistas creen que bloquear las iniciativas del PRI que están pendientes -algunas tan trascendentes como las reglas anticorrupción- es una forma de acercarse al poder, le estarían haciendo el trabajo a los rupturistas.

Hay que ver la cantidad de mentiras que con total impunidad suelta y deja correr López Obrador. Pero más que eso, hay que ver con qué facilidad permean los inventos de este personaje en una parte de la opinión pública que da por ciertos sus dichos, por la fe ciega que tienen en la fuente.

El Partido Acción Nacional revivió, pero tiene primero que administrar su lucha intestina para recuperar su estatus de opción real de alternancia presidencial. Y aunque Morena es sólo un partido local, su dueño y candidato es el personaje con el más alto grado de conocimiento nacional y tiene posibilidades reales de ganar la Presidencia.

Un esquema de desgaste entre panistas y priistas con miras al 2018 es la mejor forma de sumar a México a esta peligrosa moda mundial en la que los extremistas están llegando al poder.